LA PEDAGOGÍA IGNACIANA EN AMÉRICA LATINA
APORTES PARA SU IMPLEMENTACIÓN
I. EL PARADIGMA PEDAGÓGICO IGNACIANO ..
5.2. PONDERACIÓN Y PERTINENCIA
DE RESULTADOS
5.2.1. —PONDERACIÓN DE LOS OBJETIVOS CONSEGUIDOS—
5.2.2. —PERTINENCIA DE LOS RESULTADOS—
III. EL PARADIGMA IGNACIANO A NIVEL INSTITUCIONAL
3.1. EL FIN EXTERNO DE NUESTROS
COLEGIOS
3.2. LA ESTRATEGIA DEL CAMBIO:
ORGANIZAR LA TRASFORMACIÓN
DE LOS PROCESOS EDUCATIVOS
3.2.1. EL PUNTO DE PARTIDA DEL
CAMBIO: ES EL RECONOCIMIENTO
DE QUE HAY PROBLEMAS
3.2.2.La organización
de los procesos
3.3.
LA FORMACIÓN DE LAS
PERSONAS RESPONSABLES DEL CAMBIO
1. Desde la perspectiva
del carisma ignaciano
2. Fe, Justicia y
Discernimiento en el Paradigma Ignaciano
3.
Desde la Antropología Filosófica
ESTRATEGIAS DE IMPLEMENTACIÓN DEL
PPI EN América Latina
APLICACIÓN DEL PPI AL PROCESO DE CAMBIO
INSTITUCIONAL
1. LA ESTRATEGIA CENTRAL
2. LAS FASES Y ETAPAS DEL PROCESO
2.1. LA FASE DEL
DIAGNÓSTICO
2.1.1. Etapa de definición de
variables
2.1.2. Etapa de recogida de datos
2.1.3. Etapa de ‘Procesamiento de
datos y redacción del informe’
2.2. FASE DEL PLAN DE
OPTIMIZACIÓN
2.2.1. Entrega y análisis del
diagnóstico
2.2.2. Formulación del plan de
optimización
2.3. FASE DE APLICACIÓN
LA PEDAGOGÍA
IGNACIANA EN AMÉRICA LATINA
APORTES PARA
SU IMPLEMENTACIÓN
1993
El presente documento fue elaborado por los Delegados de Educación de la Compañía de Jesús en América Latina, a partir de su XIV Reunión Regional Anual, celebrada en mayo de 1991 en Checa, Ecuador, y aprobado finalmente en la XVI Reunión Regional Anual celebrada en Cali, Colombia, en junio de 1993.
La publicación de las Características de la
educación de la Compañía de Jesús (1986) fue recibida muy
positivamente en todas las instituciones educativas de los jesuitas. En ellas
queda definida la identidad de tales instituciones de la Compañía en los
tiempos de hoy.
Esas directrices y orientaciones fueron luego
especificadas y traducidas en cada provincia, según los desafíos y las
necesidades del propio contexto local, nacional y regional. De ahí surgieron
los propios “Planes apostólicos”, “Proyectos educativos”, “Propuesta del
centro” o “Carta de principios”. Mediante tales documentos de promovió la
divulgación y paulatina asimilación de las Características en los
diversos centros de educación.
En el proceso de su aplicación concreta, se ha
experimentado, sin embargo, la necesidad de una metodología más específica y
operativa. Para responder a tal necesidad, ICAJE, bajo la
coordinación del P. Vincent Duminuco, Secretario General para el Apostolado
Educativo, ha elaborado el documento Pedagogía Ignaciana: un
planteamiento práctico (Ignatian Pedagogy: a Practical Aproach), de
próxima publicación. Tal documento supone, obviamente, que en cada región se
habrán de hacer todavía las adaptaciones culturales pertinentes.
Los Delegados de Educación de las Asistencias de la
Compañía de Jesús en América Latina, deseosos de asumir tal responsabilidad y
de impulsar esa tarea en continuidad y coherencia con esos dos documentos,
ofrecen con estos Aportes las líneas fundamentales para la
adaptación e implementación práctica en nuestras instituciones educativas de
este continente.
APORTES LATINOAMERICANOS
El documento elaborado por el ICAJE es para
todos nosotros el marco de referencia compartido con las otras regiones de la
Compañía de Jesús en el mundo. Al realizar ahora un primer esfuerzo por
adaptarlo a nuestro propio contexto, señalamos como elementos específicos en
América Latina y como algo que nos debe guiar en la aplicación progresiva de la
pedagogía ignaciana los siguientes puntos:
a)
La referencia explícita a nuestro propio contexto y la
invitación a asumirlo como referente en nuestras planeaciones y en nuestro
trabajo educativo.
b)
El retomar la experiencia vivida en este Continente
durante las últimas décadas: en estos años ha habido un fructuoso esfuerzo por aprender
a descubrir al Señor en los rostros sufrientes del continente. Esta tarea nos
ha lleva-do a unir el análisis de la realidad con el discernimiento apostólico.
En ese esfuerzo descubrimos que el paradigma pastoral propuesto por la
conferencia episcopal en Medellín (ver-juzgar-actuar) se enriquece y aclara
median-te los cinco pasos con que resumimos el proceso paradigmático de los
ejercicios.
c)
La decisión de enmarcar el trabajo de nuestras
instituciones educativas dentro del conjunto del Plan Apostólico de cada una de
nuestras Provincias, dispuestos al mutuo apoyo y colaboración que eso requiere
con las demás áreas de nuestro trabajo.
La intención fundamental de las presentes páginas es sugerir
caminos concretos y adaptados a nuestra realidad Latinoamericana, de modo
que en nuestros colegios y en todas las formas de nuestro servicio educativo
se logren la renovación y los cambios necesarios de la institución, de las
personas y de la práctica educativa.
Tres son los presupuestos fundamentales de estos Aportes:
Primero, el fin de todo el servicio
educativo de la Compañía de Jesús, derivado de la misión del servicio de la fe
y de la justicia, es impulsar la formación de las personas que constituyen la
comunidad educativa, para que todos podamos cooperar a la trasformación de
nuestra realidad social, en justicia, amor y verdad.
Segundo, para encaminarnos a tal tarea,
el proceso pedagógico ha de inspirar y dinamizar los cuatro elementos que definen
toda institución educativa: sus objetivos y políticas generales; la formación
de las personas y sus relaciones interpersonales; la estructura organizacional;
los procesos administrativos y las técnicas educativas. Se subraya así que las
orientaciones y propuestas de las Características y del planteamiento
práctico son aplicables no sólo en el trabajo académico y el aula,
sino en todos los ámbitos que comprende una labor educativa.
Tercero, para lograrlo, hay que echar
mano de una metodología cabal, que se define en tres campos fundamentales:
Las Características de la educación de la
Compañía de Jesús exponen ampliamente los objetivos, opciones y
presupuestos. El documento Pedagogía Ignaciana: un planteamiento práctico sugiere,
en sus diversos apéndices, algunas técnicas y mecanismos operativos, a nivel de
ejemplo.
Prestamos ahora especial atención al paradigma porque en él se descubre el proceso que puede guiar operativamente toda nuestra actividad en cada uno de los cuatro elementos que define la institución educativa. Las técnicas y recursos con que se vive cada paso del paradigma pueden ser múltiples, unos más aptos para unas personas u otras, para un tiempo u otro. Sin la referencia unitaria que da el paradigma, podemos caer en un mero mecanismo repetitivo, impersonal, e infructuoso.
En estas páginas de Aportes presentamos
tres capítulos básicos y dos anexos:
I. El
Paradigma Pedagógico Ignaciano.
II. Los
sujetos del Paradigma.
III. El
Paradigma Ignaciano al nivel institucional.
Anexo 1:
Presupuestos del Paradigma Ignaciano
Anexo 2:
Estrategia para su implementación en América Latina.
Con estos Aportes se
propone un camino, es decir un paradigma que, desde el contexto de la propia
historia, busca llegar a la acción que exige el servicio y el seguimiento de
Jesús en nuestros días.
Pretenden asumir la pedagogía que surge
de la espiritualidad ignaciana tal como ha quedado configurada en la vida y
documentos de San Ignacio, como la Autobiografía, las constituciones, el Diario
Espiritual, las cartas, y, sobre todo, en los Ejercicios Espirituales, que
inspira lo demás.
Estas notas están destinadas, ante todo, a los mismos
delegados o secretarios de Educación de las diversas provincias y países de
América Latina, a los rectores, responsables y colaboradores de cada uno de los
colegios e institutos de educación formal en que trabaja la Compañía de Jesús,
y a cuantos prestan su servicio en las obras de educación y promoción social
que se inspiran en la experiencia de San Ignacio. Pensamos que pueden ser
aplicables en la organización y realización de eventos de formación de adultos,
educadores, funcionarios, padres de familia y exalumnos.
Es cierto, como lo subraya el documento Paradigma
Ignaciano, que la “Pedagogía ignaciana, está inspirada por la fe.
Pero incluso aquellos que no comparten esta fe pueden hallar experiencias
válidas en este documento, porque la pedagogía inspirada por San Ignacio es
profundamente humana y consecuentemente universal”.
Como los anteriores documentos, también éste habrá de
quedar sujeto a una adaptación y evaluación ulterior, sobre la base de la
experiencia que vaya dándonos su aplicación concreta. En esto hemos de tener
particularmente en cuenta, como hemos dicho, la autobiografía de San Ignacio,
las Constituciones, y los demás documentos, como la Ratio
Studiorum, con que se desarrolla y expresa la Espiritualidad
Ignaciana y el modo de proceder en el servicio educativo a lo largo de la
historia.
I. EL PARADIGMA PEDAGÓGICO IGNACIANO
La Espiritualidad Ignaciana es esencialmente
humanizadora. El padre maestro Ignacio concibe el proceso de santificación vinculado
al proceso simultáneo de perfeccionamiento humano.
El P. Peter Häns Kolvenbach, hablando del Humanismo
Cristiano de Ignacio y de la tradición de la Educación Jesuítica desde el Siglo
XVI, dice: “esta forma de entender la relación de Dios con el mundo implica que
fe en Dios y afirmación de todo lo que es verdaderamente humano son
inseparables una de otra... Fe y promoción de lo humano van de la mano”.
El proceso de conversión-santificación y el proceso
pedagógico van así unidos.
El paradigma (camino) de la Pedagogía Ignaciana es la estrategia
que eligen los educadores y los educandos:
Es una mediación entre los
“sujetos” y el “mundo”.
Es un instrumento para la
mejor interpretación de la realidad y para el cambio.
Es un proceso (psicosocial) que inspirado
en la espiritualidad ignaciana, la encarna en nuestra pedagogía.
El Paradigma Pedagógico Ignaciano es un proceso,
consciente y dinámico, que se realiza en cinco etapas, sucesivas y simultáneas,
porque cada una de ellas se integra con las demás, de tal manera, que se
afectan e interactúan durante todo su desarrollo.
La aplicación de este proceso pedagógico no se refiere
exclusivamente al proceso educativo a nivel del aula y de la relación
educador-educando; es necesario aplicarlo también a todo el entorno
institucional que lo soporta ya que de lo contrario podría darse el peligro de
contradecir institucionalmente lo que se pretende lograr. Toda la institución
educa.
Las cinco etapas o pasos del Paradigma son:
1. Situar la
realidad en su contexto.
2. Experimentar
vivencialmente.
3. Reflexionar
sobre esa experiencia.
4. Actuar
consecuentemente.
5.
Evaluar la acción y el proceso seguido
Es poner el tema, el hecho y sus protagonistas en su
realidad, en sus circunstancias.
La contextualización consiste en situar en su
circunstancia al sujeto y a aquel aspecto de la realidad que se quiere
experimentar, conocer, apropiar y trasformar. Precisamente, el punto de
arranque para San Ignacio es situarse en la “vera historia”, es decir,
enfrentar la realidad. Tal contexto supone ver los condicionamientos sociales,
económicos, políticos y culturales, que pueden distorsionar la percepción y
comprensión de la realidad, el dinamismo de la fe y la situación personal del
individuo.
La contextualización puede hacerse en el sitio “in situ” o “a
distancia”. No cabe duda que la mejor manera de contextualizar es hacerlo en el
lugar, recomponiendo allí los hechos, viendo allí a los protagonistas y
circunstanciando allí el tema.
Así hacen los jueces cuando reconstruyen un accidente o
un delito, presunto o real. Eso es lo que hizo San Ignacio cuando viajó a
Tierra Santa, y allí, en su lugar, contemplaba los hechos y las palabras de
Jesús, observando hasta los más mínimos detalles, por ejemplo, cómo eran y en
qué dirección estaban las huellas de los pies de Jesús.
Pero no siempre ni todo se puede contextualizar en el
mismo sitio donde se produjeron o producen los hechos, donde actuaron o actúan
los protagonistas.
Por eso, San Ignacio propone y pide al ejercitante la
otra alternativa: contextualizar a distancia.
La distancia física, incluso el cambio de ambiente y
lugar para hacer los ejercicios (cuando éstos no son en la vida diaria) no le
eximen al ejercitante de contextualizar. San Ignacio le pide como primer paso
de la contemplación que haga “la composición de lugar”, y en él ubique a los
protagonistas, los hechos (lo que hace), sus palabras (lo que hablan), etc.
El maestro, si no lleva a los alumnos a los barrios
marginales, a las fábricas, a las instituciones y lugares cuyos protagonistas y
hechos nos interesan, puede hacerlo alternativamente en el aula.
La composición de lugar, la
contextualización, será, entonces, un ejercicio intencional y consciente que
dará realismo e iluminará el sentido original de los hechos, sus protagonistas
y sus temas.
Se trata, por tanto, de un ejercicio en el que priman los
lenguajes que activan la imaginación y la capacidad de reconstruir y visualizar
el lugar y las circunstancias, donde se produjeron o producen los hechos y
actuaron o actúan sus protagonistas.
Desde un principio la comunidad cristiana vivió este
dinamismo de asumir e interpretar su propio contexto histórico y sólo así
pudieron prestar su servicio. Este es el significado siempre nuevo de la encarnación:
“y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Así, el seguimiento de
Jesús es histórico y ocurre en una situación concreta.
El contexto latinoamericano en que actualmente la
comunidad vive, puede describirse, por ejemplo, de la siguiente manera:
Nuestras sociedades se enfrentan actualmente a un proceso pluriforme, complejo,
antagónico, pluricultural y secularizante. Ante grupos humanos
extraordinariamente ricos, millones de hombres padecen el hambre, la miseria,
la violencia. A pesar de la búsqueda por salvaguardar el derecho y la paz, la
vida se ve amenazada porque el hombre parece haberse convertido en el mayor
depredador del hombre y del planeta.
También se constata, cada vez más, una fuerte
despersonalización, en que el hombre ya no es él en sí mismo sino un número más
de estas grandes sociedades. La Iglesia, por siglos centro de inspiración
dominante, es actualmente mirada como una institución marginal donde su voz es
una más entre otras y, por lo tanto, ya no es la única y la definitiva.
Ignacio visualizó un mundo semejante, pero su mirada de
la realidad no lo llevó a la desesperanza, sino al descubrimiento de cómo Dios
actúa en la historia de los hombres y de los pueblos. El proceso pedagógico de
San Ignacio comienza por enfrentar la realidad, descubrir las causas del mal y
la injusticia y dejarse llevar por la fuerza del “Espíritu de vida”.
Así también al nivel del individuo, Ignacio antes de
empezar a acompañar a una persona en los Ejercicios Espirituales, se dio cuenta
de lo importante que era para ella estar abierta a los movimientos del
Espíritu, si había de obtener algún fruto del proceso que se disponía a
iniciar. Basado en este conocimiento previo Ignacio se formaba una idea sobre
la aptitud del ejercitante para comenzar la experiencia; sobre si esa persona
sacaría provecho de los Ejercicios completos o sería preferible una experiencia
abreviada.
De la misma manera, la atención personal, que es
una característica distintiva de la educación jesuita, requiere que el profesor
conozca la vida, los sentimientos, las inquietudes, los intereses de sus
alumnos, conozca el contexto concreto en el que tiene lugar el enseñar y el
aprender.
Para esto último el docente debe ser capaz de reconocer
los diferentes ritmos y los diversos estilos de aprendizaje de sus estudiantes
y sus diversos tipos de inteligencias. Debe ser capaz de clasificar los tipos
de nociones propuestos en el programa de su materia o disciplina, sea por su
grado de complejidad o abstracción, sea por su ubicación dentro de una
determinada taxonomía, sea por su naturaleza en sí: nociones que pueden ser
descubiertas por el alumno o reveladas o que precisan ser enseñadas por el
docente. Ubicar el aprender y el enseñar en su contexto también significa que
el profesor coloque atención y aproveche las diferentes vías de acceso al
aprendizaje: la sensación, la emoción, el sentimiento, la intuición y la razón.
Con estos datos, el docente sabrá qué experiencias diseñar para obtener un
mayor provecho académico, tanto cuantitativo como cualitativo.
Al nivel de la institución es preciso contextualizarla de
manera similar para llegar en un momento dado a descubrir las posibles
influencias de los condicionamientos sociales en ella, en su estructuración en
los estilos de gestión y en el tipo y calidad de las relaciones interpersonales
de todos los miembros de la comunidad educativa y, por otro lado, de qué manera
la institución educativa incide o puede incidir en la realidad social más
amplia.
Aunque esta expresión es muy rica y en el uso común
encierra múltiples significados1, dentro del Paradigma asume un
sentido preciso que es necesario explicar.
Enfrentado el propio contexto —“La vera historia”— San
Ignacio invita a que quien se ejercita (en nuestro caso, alumnos, profesores,
la comunidad educativa toda) “sienta internamente” lo que ve, mira, contempla.
Esto lleva a experimentar, a sentir tristeza, vergüenza, confusión ante el mal;
gozo, impulso para entender dónde y por qué se experimenta eso; deseo de seguir
adelante; anhelo de encontrar cómo salir de tal situación o cómo responder ante
tanto bien recibido.
La experiencia, en este sentido, es la apertura radical
del sujeto a toda la realidad. Es toda forma de percepción tanto interna como
externa. La experiencia es la noticia informe y previa, carente aún de
cualquier significado que puede emerger. Dejar de ser experiencia en el momento
en que es entendida, cuando la persona se responde a la pregunta que la impulsa
a sentir, a imaginar, a inquirir, a buscar. En este nivel del Paradigma, el
sujeto está presente a sí mismo en cuanto mero receptor de datos, de sus
propias operaciones sensibles y afectuosas.
En este nivel, la persona estrictamente hablando, no sabe
de qué se trata lo que está sintiendo, percibiendo, registrando.
La experiencia es conditio sine qua non de todo
conocimiento humano.
Los cauces de esa experiencia son los que comúnmente
llamamos “sentidos”: ver, oír, oler, gustar, y tocar, además del propio sentir interno
de sí mismo, surgido de esas mismas sensaciones externas, de la memoria, la
imaginación, la afectividad.
Por lo tanto, la tarea educativa fundamental en este
nivel de conciencia consiste en desarrollar, en la persona, la capacidad de
atender, de estar atento a percibir la realidad y los fenómenos que están
ocurriendo.
1 Usamos la palabra experiencia para expresar sabiduría,
familiaridad con un determinado campo de la vida años de quehacer acumulado en
un oficio, así decimos: la experiencia es madre de la ciencia; la voz de la
experiencia; a la luz de la experiencia; después de una larga experiencia; con
50 años de experiencia, etc.
Este tercer elemento del Paradigma es el que más
propiamente recoge la actividad intelectual. Es el lugar en que se da la
apropiación y por ende su humanización.
En los Ejercicios, este paso se designa como Reflectir. Con
este ejercicio o paso se impulsa el preguntarse qué es lo que se ha vivido en
la experiencia, cuál es su significado, qué relación tiene con cada una de las
dimensiones de nuestra vida y de la propia situación.
La psicología del pensamiento y/o de la inteligencia
ofrece actualmente muchas teorías sobre la reflexión. El tema está cada día más
desarrollado y sigue siendo debatido e investigado.
La pedagogía, sirviéndose de la sicología como ciencia
auxiliar, ha incorporado ya algunas de ellas con diferentes resultados.
Siendo conscientes de ello y teniendo en cuenta que San
Ignacio hace pasar al ejercitante por diversos modos y clases de reflexión,
hemos decidido referirnos solamente a dos manifestaciones básicas de la
reflexión Ignaciana, para facilitar la comprensión del Paradigma y evitar
entrar en debates de teorías y corrientes psicológicas.
Entre los procesos de reflexión, distinguimos dos
operaciones fundamentales: entender y juzgar.
Entender es descubrir el significado de la experiencia. Es
establecer las relaciones entre los datos vistos, oídos, tocados, olfateados,
etc. Es el chispazo que ilumina lo que se presentaba en
penumbras, en la percepción sensible.
Entender es lo que permite al sujeto conceptuar, formular hipótesis, conjeturas, elaborar teorías, definiciones, suposiciones.
Partiendo de la experiencia como requisito indispensable
e impulsado por el dinamismo intencional de su conciencia, el sujeto accede a
un nivel superior en el proceso del conocimiento: el de la intelección.
Entender es un punto de llegada para las preguntas que
surgen de la experiencia, pero es un punto de partida para la reflexión que
busca la verificación, la certificación, de que se ha entendido correctamente.
La persona entiende cuando puede responder a la pregunta:
¿Qué es esto? ¿Por qué es así?
La inteligencia humana le sale al paso activamente a todo
contenido de la experiencia, con la perplejidad, la admiración del ímpetu, la
intención de descifrarlo, de codificarlo, de entenderlo.
Para tener un chispazo inteligente sobre qué es
“entender”, se tiene que estar dentro del proceso de aprender, o al menos, se
tienen que actualizar en uno mismo, procesos previos de aprender.
El entender requiere: a. La autenticidad para reconocer
que la persona está ante algo que no entiende; b. una atención cuidadosa a las
ocasiones en que uno mismo ha entendido o no ha podido entender y, c. el uso
repetido de experimentos personales en los que, al principio, uno está
genuinamente intrigado y luego comprende.
La tarea educativa fundamental para utilizar este nivel
de conciencia, consiste en asumir los dinamismos de nuestro proceso
intelectivo: se aprende a ser inteligente.
La segunda operación de la mente humana contenida en el
término reflexionar del paradigma, es la de juzgar. Emitir
un juicio es verificar la adecuación entre lo entendido y lo experimentado;
entre la hipótesis formulada y los datos presentados por los sentidos.
Así como la experiencia estimula el inquirir, y el inquirir es la inteligencia que se pone a sí misma en acto, el concepto en que se formula el significado estimula a la reflexión que es la exigencia consciente de la racionalidad; ella la ordena y la sopesa, ya sea para juzgar y completar el proceso, o para dudar y así renovar el inquirir.
Mediante el juicio, la persona accede al ámbito de la
verdad, de la objetividad, de los valores, conocidos como tales. Un juicio
verdadero ofrece a la verificación de los otros el contenido de lo que afirma o
niega independientemente del sujeto en el que se gestó ese conocimiento.
Con el juicio se completa el proceso del conocer humano,
porque no basta la combinación de las operaciones de los sentidos
(experimentar) y del entender.
Por el juicio puede descubrirse y valorarse la distinción
entre el hecho y la ficción, la lógica y el sofisma; el juicio permite valorar
lo que aportan al cono-cimiento racional o simbólico la filosofía y el mito, la
historia y la leyenda; el juicio posibilita comprender y diferenciar la
astronomía y la astrología, la química y la alquimia, la medicina profesional y
la popular.
Con el juicio emerge un nivel de conciencia superior al
del entender: el de la reflexión crítica.
El sujeto accede a él cuando puede responderse a la
pregunta ¿es realmente así? La respuesta, el juicio, se expresa en su forma más
lacónica por la expresión: Sí o No.
Sin embargo el conocer humano no se puede poner en el
juzgar excluyendo el experimentar y el entender. Hacer juicios
independientemente de toda experiencia es hacer a un lado los hechos y
olvidarse del contexto y de la realidad.
La formación crítica en la educación consiste, por tanto,
en aprender a respetar las exigencias de la verificación: cuidar que se cumplan
las condiciones para que una intelección pueda constituirse en realidad
afirmada.
El proceso que vamos describiendo quedaría truncado si
terminara en el entendimiento, la verificación y el juicio crítico sobre la
materia o experiencia estudiada. El aporte decisivo de la Pedagogía Ignaciana
consiste en desafiar a la persona a dar un paso más: asumir una postura
personal frente a la verdad descubierta, revelada o construida y a actuar en
coherencia con ella.
La acción es entendida como la manifestación operativa de
una decisión libremente asumida para la trasformación de la persona y de la
realidad institucional y social en que vive.
Dentro del paradigma, esta definición de la acción, como
su cuarta etapa, se operacionaliza en dos momentos:
Aunque el proceso del conocer humano, ingrediente
sustancial y constitutivo del paradigma ignaciano, quede cabalmente realizado
con el juicio, el dinamismo de la conciencia no termina ahí. La afirmación o
negación que constituye el juicio como expresión de la reflexión crítica, es el
soporte de un ulterior nivel de conciencia: ante la verdad el sujeto se revela,
emerge como persona responsable y libre. Se revela una creación original.
La persona es convidada a tomar una decisión sobre qué
hacer con la verdad conquistada durante su proceso personal de aprendizaje.
Para ello, pondera diversas alternativas de acción, elige lo que quiere
realizar y mueve su voluntad para efectuarse libremente por aquella alternativa
que percibe como la más conducente para alcanzar el fin que pretende.
Ignacianamente, para decidir con rectitud se requiere deliberar,
es decir, ponderar las razones en pro o en contra de cada una de las
alternativas y los movimientos o mociones que se experimentan en cada una de
ellas. Tras esta deliberación quien se ejercita debe elegir y someter luego su
elección a la confirmación. Las meditaciones de Dos Banderas (EE. nn.135 ss.),
Tres Binarios (nn. 149 ss.), Tres grados de Humildad (nn.164 ss.), y las Reglas
de Elección en los diversos tiempos espirituales (nn.169 ss.) son, en este
momento, la referencia que se necesita para comprender la riqueza de este paso
del Paradigma.
Libremente el sujeto hace de sí mismo lo que es él; nunca
en esta vida estará terminada su obra, siempre se halla en proceso, siempre se
trata de un logro precario, del que puede resbalarse, caer, despedazarse.
En este nivel, el dinamismo de la conciencia se
manifiesta ya no por el deseo de conocer y de conocer correctamente, sino como
el eros del espíritu humano que abraza la realidad humana para trasformarla
porque la ama.
Este es el nivel de la decisión auténtica, objetivo y fin
de los Ejercicios ignacianos.
Desde una perspectiva humana, el nivel de la elección
explícita los imperativos éticos de la persona, su dimensión axiológica.
Desde una perspectiva cristiana nos encontramos ante la
tarea de buscar y hallar la voluntad de Dios.
En ambos casos se trata de liberar nuestra libertad para
elegir auténticamente; para el cristiano, es la vida en el Espíritu. El
discernimiento es la metodología elaborada por Ignacio para realizar este
proyecto.
Decidir es trascender la reflexión crítica, la verdad
descubierta, por el bien amado, por el valor. Decidir es operativizar el
auténtico ser del hombre: “ser para los demás”. Decidir es asumir la visión del
mundo que resulta del experimentarnos amados por Dios-Fe para trasformar la
realidad con criterios de justicia, hacia la implantación del reino.
En este nivel la tarea educativa fundamental es el
desarrollo de la libertad y de la responsabilidad.
Luego pasa a la concretización de dicha elección
discurriendo y procurando los medios, modos y tiempos que le permitan
efectivamente actuar, asumiendo valores, actitudes y conductas consistentes y
consecuentes con su elección ya que “El amor se muestra más en las obras que en
las palabras”.
Para eso, todas las experiencias de aprendizaje
propuestas por la escuela, en la sala de aulas o fuera de ella, deben ser
diseñadas de tal modo que posibiliten, además del gusto por aprender activa y
reflexivamente, canalizar las fuerzas motivacionales que surgen frente a la
conquista del aprendizaje (la conquista de la verdad), elementos básicos que
mueven al hombre hacia el compromiso y hacia la acción. Ignacianamente
hablando, el compromiso y la acción desea-da, libremente elegida por el
individuo, debe estar orientada por el magis, el mejor servicio a Dios y
a nuestros hermanos.
Por evaluación se entiende una revisión de la totalidad del proceso pedagógico seguido a lo largo de cada uno de los pasos del Paradigma, para verificar y ponderar en qué medida se han realizado fiel y eficientemente y, por otra parte, en qué grado