NUESTROS COLEGIOS: HOY Y
MAÑANA
Pedro Arrupe, S.J.
Alocución en la Clausura del Simposio sobre Educación en
Centros de 2ª Enseñanza. Roma, 13 de septiembre de 1980.
1. No voy a pisarles el terreno a los redactores de las
actas de este simposio sobre el Apostolado Educativo de la
Compañía en la Segunda Enseñanza. Ellos harán lo que puedan
frente a tanta riqueza de experiencias, reflexiones e iniciativas como habéis
intercambiado estos días. Ni siquiera voy a centrarme en los dos puntos
concretos que habéis debatido más detenida-mente: la integración de los
colaboradores seglares y la educación para la justicia.
Prefiero emplear los minutos de que dispongo en exponeros
algunas consideraciones de carácter general sobre el apostolado de la educación
y nuestros colegios. La razón es esta: siempre he estado convencido, y muy
con-vencido, de la potencialidad apostólica de nuestros centros educativos, y
concretamente los de segunda enseñanza. Pero hoy, después de oiros las
dificultades, la problemática y las posibilidades que supone el nuevo enfoque
de este apostolado dentro y fuera de las instituciones, estoy aún más
persuadido, si ello fuera posible, de la importancia de los colegios en sí y en
su relación con las demás formas del apostolado de la Compañía.
I. SEGUNDA ENSEÑANZA
2. Por contraposición a la enseñanza primaria y a la
enseñanza universitaria, la segunda enseñanza nos da acceso a la mente y al
corazón de numerosísimos jóvenes, ellos y ellas, en un momento privilegiado:
cuando ‘ya’ son capaces de una asimilación coherente y razonada de los valores
humanos ilumina-dos por el cristianismo, y cuando ‘todavía’ su personalidad no
ha adquirido rasgos difícilmente reformables. Es sobre todo en la segunda
enseñanza cuando se “forma sistemáticamente la
mentalidad del joven y, por consiguiente, es el momento en que él debe hacer la
síntesis armónica de fe y cultura moderna” (CG 31, d. 28, preámbulo, Nº 1).
Se suele definir la segunda enseñanza en función de sus
contenidos educativos —excesivamente vinculados a veces con los programas
académicos— o en función de la edad del educando. Yo asimilaría a la segunda
enseñanza también buena parte de la labor educativa que en no pocas partes la
Compañía lleva a cabo entre adultos, en campañas de alfabetización o de
promoción cultural o profesional. Esta modalidad tiene muchas de las
finalidades educativas (y, consiguientemente de las oportunidades apostólicas)
que son características de la segunda enseñanza. Porque el alumno o la alumna
adul-tos, en esas circunstancias, se ofrecen voluntaria y ávidamente al
educador con una receptividad atípica de su edad que los asemeja, en cierto
modo, a los alumnos de las otras instituciones de segunda enseñanza.
3. La Compañía ha dado pasos gigantes estos últimos años
en ese tipo de enseñanza, especialmente en países o zonas culturales
deprimidas. Poniendo en marcha iniciativas muy en la línea de las últimas
congregaciones generales, se ha servido para ello de los modernos medios de
comunicación de masa creando instituciones educativas de nuevo tipo:
radiofónicas, audiovisuales, cursos por correspondencia, etc. Las
características, ventajas y limitaciones de este tipo de enseñanzas —y de las
instituciones que la promueven— no son tema a tratar en este momento. Como
tampoco lo es analizar el papel que han de desempeñar en el futuro. Habrá que
hacerlo en otro tiempo, y con la profundidad que requiere la importancia del
tema. Pero no podía por menos de dejar constancia de este hecho que enriquece y
diversifica tan esperanzadoramente el apostolado educativo de la Compañía. A
este nuevo tipo de instituciones debe aplicarse también analógicamente, cuanto
seguidamente he de decir refiriéndome más explícitamente a los colegios de
segunda enseñanza según el modelo constitucionalmente fijado en la Compañía.
II. EL COLEGIO, INSTRUMENTO DE APOSTOLADO
4. La idea radical de la que parten todas mis
consideraciones es esta: el colegio es un gran instrumento de apostolado que la
Compañía confía a una comunidad o a un definido grupo de hombres dentro de una
comunidad, con un fin que no puede ser más que apostólico. Esa entrega, a tales
hombres, y para tal fin, es un auténtico acto de ‘misión’. El colegio es el
primordial medio de apostolado para una comunidad. Y esa comunidad, en cuanto
grupo apostólico de la Compañía, debe centrar su actividad en conseguir de ese
instrumento educativo el mayor rendimiento apostólico.
Siendo, pues, el colegio un instrumento, e instrumento
para una misión tan concreta y de naturaleza tan manifiestamente espiritual, es
claro que ha de estar movido por la causa principal que es Dios. La unión de
ese instrumento con esa causa es precisamente la comunidad a quien se le ha
confiado y que se sirve de él para conseguir el objetivo prefijado: la
extensión del reino. La comunidad que trabaja en el colegio necesita,
absolutamente, mentalizarse y vivir de esa convicción: la Compañía les ha
señalado esa misión y para llevarla a cabo les ha confiado ese instrumento.
Cualquier desviación de esa misión que desvirtuase su finalidad educativa y
apostólica por ejemplo reduciéndola a meros cometidos culturales o
humanísticos, o incluso catequéticos— y cualquier especie de apropiación del
instrumento con-fiado —por ejemplo vinculándose desordenadamente a él con merma
de la movilidad— lesiona el carácter fundamental de la misión y del
instrumento.
III. CRITERIOS PRELIMINARES
5. Los criterios para decidir si debe existir o no un
centro, cuál debe ser su modalidad, etc., son muchos y su valoración, en cada
circunstancia concreta está condicionada y redimensionada por múltiples
factores. Es un error absolutizar un criterio por puro que pueda parecer. ¿Cómo
no va a diferenciarse, por ejemplo un colegio de segunda enseñanza en un país
de minoría católica, alta tecnología y refinamiento cultural como el Japón, del
colegio que es necesario y suficiente en otro país —digamos de Europa— en que
hay abundantes oportunidades de educación católica, u otro país del mundo en desarrollo
en que es inaplazable y prioritaria la redención cultural de enormes masas?
Esta necesaria diversificación no legítima todo lo que
existe por el solo hecho de que existe, ni autoriza el singularismo a ultranza
de quienes enarbolan el “aquí es diferente” para resistir a toda directiva y
negarse a toda comunicación y aprendizaje. Tales complejos de autosuficiencia,
cuando no de superioridad, son infantilmente narcisistas, generalmente
injustificados, y atentan contra la misma naturaleza de la educación en su
dimensión humanista y abierta a los demás.
Peor aún sería un efecto contrario de esa falsa
superioridad: el dogmatismo intolerante, y el deseo de imponer a los demás la
propia concepción de la educación y del tipo de centro educativo.
6. La determinación tiene que ser fruto de un
discernimiento. El tipo de centro, su ubicación, su tamaño escolar, la
fijación de objetivos de calidad de educación o extensión de enseñanza, etc.
son cosas que diversifican el instrumento para adaptarlo a las circunstancias
en que se lo emplea. Por eso han de ser resultado de un discernimiento
ignaciano en que junto a los criterios para la selección de misterios han de
tomarse en consideración tanto las circunstancias locales como el conjunto de
los planes apostólicos de la Provincia y la Jerarquía local. En un sitio la
Iglesia necesitará un centro de gran competitividad académica con las
instalaciones proporcionadas; en otro un colegio con gran capacidad de acogida,
incluso en régimen de coeducación, para resolver necesidades de escolarización
o de atención a la juventud cristiana o por razones de apertura a un mundo
increyente; en otros la razón de urgencia —un criterio que para Ignacio puede
sobre-ponerse a otros— lo que requiere es una alfabetización o promoción cultural
masiva por la radio, las grabaciones o los impresos. Y todo será enseñanza como
soporte de evangelización.
Los criterios ignacianos de selección no son absolutos.
El prudente San Ignacio, antes de enumerarlos en las Constituciones, pone esta condicionante:
“caeteris paribus: lo cual se debe entender en todo lo
siguiente” [622].
7. Estamos para educar a todos, sin
distinción. Ni puede ser de otra manera porque el apostolado educativo, como
todo apostolado de la Compañía, lleva la indeleble impronta ignaciana de la
universalidad. Es cierto que esta total apertura del conjunto de la obra
educativa de la Compañía adquiere —debe adquirir— determinaciones locales más
concretas, pero no es admisible el exclusivismo del tipo que sea. Así como es
cierto también que esa apertura total hay que conjugarla con nuestra opción
preferencial por los pobres, incluso en el campo educativo. Sin ironía, puede
afirmarse que no hay grandes problemas de escolarización entre las clases
acomodadas y sí lo hay —y en proporciones a veces trágicas— entre los pobres. Y
aunque es a la sociedad civil a quien incumbe primariamente subvenir a esa
necesidad social, la Compañía se siente obligada por vocación a acudir en
socorro de esa necesidad humana y espiritual haciendo real el derecho de la
Iglesia a enseñar en cualquier modalidad y grado.
Pero si entre las clases acomodadas no hay problema de
escolarización, si lo hay de evangelización. Y como la enseñanza y la educación
es un me-dio eficacísimo de evangelización, la Compañía no puede reservar
exclusivamente para los pobres su apostolado de la educación. Más aún: con la
vista puesta en los mismos pobres, en las clases sufridas, la Compañía, también
con criterios ignacianos, debe formar en cristiano a otras clases sociales. Y no
olvidemos, por supuesto, a esa silenciosa clase media, que también es pueblo de
Dios, y de la que tan poco se habla cuando se enfocan las cosas desde los
extremos.
8. Un criterio negativo es la no-discriminación
económica. Los colegios de la Compañía, en cuanto son necesariamente
instrumentos para el apostolado —afectados por tanto por la radical gratuidad
de nuestros ministerios y nuestra pobreza— el acceso de los alumnos no puede
estar condicionado por sus posibilidades económicas. Este es un planteamiento
de fondo y un ideal. Sé muy bien que la realidad, según las diversas naciones y
tipos de centros, es forzosamente muy distinta. Pero en la medida en que aún no
se haya conseguido ese ideal, el centro de que se trate debe estar sometido a
la tensión de aspirar a que ningún alumno apto tenga que quedar fuera por falta
de medios económicos. La reivindicación de la igualdad de oportunidades en
materia de educación y de la libertad de enseñanza son cosas que caen de lleno
en nuestra lucha por la promoción de la justicia.
9. Un criterio positivo: la excelencia. Sean
cuales sean las características de un centro de segunda enseñanza de la
Compañía, una nota debe ser común a todos: la excelencia, es decir, la calidad.
No me refiero, como es lógico, a sus instalaciones, sino a lo que define
propiamente a un centro educativo y por lo que debe ser juzgado: su producto,
los hombres que forma. Esta excelencia consiste en que nuestros alumnos, siendo
hombres de principios rectos y bien asimilados, sean al mismo tiempo hombres
abiertos a los signos de los tiempos, en sintonía con la cultura y los
problemas de su entorno, y hombres para los demás. Enseñanza, educación,
evangelización: son tres niveles que en los diversos países y circunstancias
pueden tener prioridad y urgencia diferente, pero siempre en un nivel de
excelencia, al menos relativa. El verdadero objetivo de nuestros centros de
enseñanza —mejor diríamos de educación— está en lo específicamente huma-no y
cristiano. Pero, refiriéndome a nuestros centros en países de misión, he de
subrayar la importancia que tiene la excelencia académica. Es un desacierto el
sacrificar la excelencia académica no sólo en el ámbito universitario, sino
también en segunda enseñanza— en beneficio de otros aspectos, aunque sean
buenos y deban ser prioritarios en otro tipo de instituciones, o para lograr
una ampliación masiva de su cupo de alumnos.
10. Educación ignaciana. El
centro de segunda enseñanza de la Compañía debe ser fácilmente identificable
como tal. Muchas cosas le asimilarán a otros centros no confesionales, o
confesionales e incluso de religiosos. Pero si es verdaderamente de la
Compañía, es decir, si en él actuamos movidos por las líneas de fuerza propias
de nuestro carisma, con el acento propio de nuestros rasgos esenciales, con
nuestras opciones, la educación que reciban nuestros alumnos les dotará de
cierta ‘ignacianidad’, si me permitís el término. No se trata de actitudes esnobistas
o arrogantes, ni es complejo de superioridad. Es la lógica consecuencia del
hecho que nosotros vivimos y actuamos en virtud de ese carisma y de que en
nuestros centros hemos de prestar el servicio que Dios y la Iglesia quieren que
prestemos “nosotros”.
IV. EL ALUMNO QUE PRETENDEMOS FORMAR
11. Doy aquí por supuesto los aspectos académicos y educativos.
Mi atención se fija en otros aspectos de la formación integral que debemos dar
a nuestros alumnos.
a)
Hombres de servicio según el Evangelio. Es el
‘hombre para los demás’, del que tantas veces me habéis oído hablar. Pero aquí,
y especialmente para nuestros alumnos cristianos, quiero redefinirlo bajo un
nuevo aspecto. Han de ser hombres movidos por la auténtica caridad evangélica,
reina de las virtudes. Hemos hablado tanto de fe / justicia. Pero es de la
caridad de donde reciben su fuerza la propia fe y el anhelo de justicia. La
justicia no logra su plenitud interior sino en la caridad. El amor cristiano
implica y radicaliza las exigencias de la justicia al darle una motivación y
una fuerza interior nueva. Con frecuencia se olvida esta idea elemental: que la
fe debe estar informada por la caridad y que la fe se muestra en las obras
nacidas de la caridad; y que la justicia sin caridad no es evangélica. Es un
punto en que hay que insistir y cuya iluminación y asimilación es indispensable
para entender rectamente nuestra opción fundamental y aprovechamos de su
inmensa potencialidad. Puede haber un santo respeto y una santa tolerancia que
atempera nuestra impaciencia de justicia y de servicio a la fe. Especialmente
en países no cristianos, habrá que acomodarse a las posibilidades en la
penetración de valores cristianos que al mismo tiempo son humanos y reconocidos
como tales.
La pregunta crucial es esta: ¿qué repercusiones pedagógicas tiene el que pongamos como finalidad de nuestra educación el crear hombres nuevos, hombres de servicio? Porque ese es, en realidad, el fin de la educación que impartimos. Un enfoque diverso, al menos en cuanto da prioridad a valores humanos de servicio y antiegoísmo. Esto tiene que influir en nuestros métodos pedagógicos, en los contenidos formativos, en las actividades paraescolares. Ese deseo de testimonio cristiano y de servicio a los herma-nos no se desarrolla con la emulación académica y la superioridad de cualidades personales respecto a los demás, sino con el aprendizaje de la disponibilidad y la servicialidad. Nuestro método educativo tiene que estar pensado en función de estos objetivos: formar el hombre evangélico que ve en cada uno de los hombres un hermano. La fraternidad universal será la base de su vida personal, familiar y social.
Se trata precisamente de que nuestra educación, en el plano psicológico, tenga en cuenta ese futuro. Que sea una educación en función del ulterior crecimiento personal, una educación abierta, de iniciación de vectores que sigan siendo operativos el resto de su vida en una formación continua.
Esta formación, por tanto, tiene que tener también en cuenta el tipo de civilización que vivimos y que ellos están llamados a vivir el resto de su vida: la civilización de la imagen, de la visualización, de la trasmisión de información. La revolución que la imprenta supuso en los albores del renacimiento es un juego de niños comparada con la revolución de las modernas tecnologías. Nuestra educación tiene que tenerlas en cuenta, para servirse de ellas, y para hacérselas connaturales a nuestros alumnos.
V. LA COMUNIDAD EDUCATIVA
15. Es n concepto en el que hay que reconocer un enorme
progreso. La tradicional ‘Ratio Studiorum’ de la Compañía,
aun en la versión renovada a mediados del siglo pasado, frente a otros méritos
históricamente reconocidos, no podía por menos de reflejar el restrictivo
concepto de comunidad pedagógica vigente en esa época. Las cambiadas condiciones
de los tiempos nos han obligado a hacer uso generalizado de la facultad de
valernos de personal colaborador no jesuítico prevista en las Constituciones
[457]. Eso acarrea una nueva responsabilidad: la de garantizar que la formación
que se da en nuestros colegios siga siendo la propia de la Compañía, tal cual
la he venido describiendo.
La comunidad educativa la compone la comunidad jesuítica,
los colaboradores seglares, los alumnos, sus familias. Además, y en cuanto el
colegio es la primera etapa de una formación que no acabará nunca, también los
antiguos alumnos.
16. La comunidad jesuítica. Ella es
la que ha recibido primariamente la misión de la Compañía, y a la que se confía
el colegio como instrumento apostólico para llevar a cabo tal misión. Por
tanto, ella tiene que ser el principio inspirador del centro. Incluso en los
casos en que la incorporación de los seglares ha llegado a los puestos
directivos, se parte de la hipó-tesis de que son personas en plena sintonía
espiritual con los principios que inspiran nuestra misión. Este es un punto que
debemos dejar bien a salvo en las estructuras de nuevo tipo en que la
responsabilidad económica, empresarial y académica de un colegio se trasfiere a
una asociación de la que la Compañía es sólo una parte.
Los jesuitas del colegio deben presentarse como
comunidad, unida, auténticamente jesuita y fácilmente reconocible como tal. Es
decir: un grupo de hombres de clara identidad, que viven del mismo carisma
ignaciano, íntimamente ligado ‘ad intra’ por la
unión y amor mutuo, y ‘ad extra’ por la gozosa
participación en una misión común. Una comunidad que se examina con regularidad
y evalúa su actividad apostólica, que somete a discernimiento las opciones que
se le ofrecen para el mejor cumplimiento de su misión. Una comunidad religiosa
que es el núcleo de la gran comunidad educativa, la aglutina y le da sentido.
Si la comunidad jesuítica de un centro se muestra dividida, divide también a
nuestros colaboradores y sobre el colegio cae la sombra de aquella advertencia
ignaciana: sin unidad, la Compañía no solamente no puede actuar, pero ni
siquiera existir. (Cfr. Const. 655).
17. Esa animación del centro por parte de la comunidad
jesuítica tiene que consistir, en primer lugar, en la aportación de la visión
ignaciana en su aplicación concreta a una obra apostólica educativa. Esto se
traduce en la fijación de los objetivos, en la definición del tipo de hombre
que queremos formar y en la selección de los medios de todo orden necesarios
para conseguir tal fin.
Quiero añadir una palabra sobre la actividad sacerdotal
de los jesuitas consagrados a la educación en los colegios. Cierto es que
plenamente apostólica la labor de docencia, administración o gestión de los
diversos aspectos de la vida de un colegio. Pero, además, todo sacerdote
jesuita debería desarrollar alguna actividad sacerdotal estrictamente tal, en
el colegio o fuera de él. El ministerio sacramental o de la palabra, asesoría
espiritual, dirección de grupos de diversísimo tipo, etc., dentro del colegio.
O colaborando estable o eventualmente en parroquias, casas de religiosas,
hospitales, cárceles, centros de ayuda a minusválidos, movimientos cristianos,
etc. fuera del colegio. Puede ser algo diario, o de fines de semana, o más
espaciado, o propio del período de vacaciones. Algo, en definitiva, que
mantenga en nosotros viva nuestra identidad sacerdotal y la manifieste a los
demás. Unimos a Cristo y participar de su sacerdocio y su misión redentora y
santificadora fue el ideal que nos trajo a la Compañía y lo único que nos
mantiene en ella. No aceptaría yo fácilmente la razón de no disponer de tiempo
para justificar la total carencia de actividad específicamente sacerdotal. Y,
en todo caso, sería cuestión de redimensionar un tanto las otras ocupaciones.
Porque es un dato de experiencia que prescindir de toda actividad sacerdotal a
lo largo de los años (y eso ocurre fácilmente cuando no se ejerce el sacerdocio
ya en los primeros años después de la ordenación), puede ocasionar la pérdida
de la identidad sacerdotal. De aquí a perder también la identidad jesuítica no
hay más que un paso. Las consecuencias de esta desidentificación son
imprevisibles.
18. En segundo lugar, la comunidad jesuítica debe servir
de inspiración y estímulo a los demás componentes de la comunidad educativa
(colaborado-res seglares, alumnos, familias, antiguos alumnos), por el
testimonio de su vida y por su trabajo. El testimonio de nuestra vida
es necesario. Si lo que queremos formar en el alumno es todo el
hombre, no sólo su inteligencia, habremos de hacerlo con toda nuestra persona,
no sólo con nuestra labor docente. Los alumnos, sus familias, nuestros colegas,
tienen derecho a no hacer en nosotros esa distinción entre nuestra labor,
docente, nuestro mensaje oral y nuestro tipo de vida. Y nosotros estamos
obligados a responder a esa exigencia. No deja de tener visos de cinismo
prevenir a nuestros alumnos contra el consumismo, desde una vida instalada y
cómoda. La identidad sacerdotal de que antes hablaba tiene aquí también su
aplicación. La carencia de especificidad sacerdotal puede revestir formas de
vida secularizadas —en el mal sentido del término— con relativa facilidad en
los centros docentes, aunque no sólo en ellos, naturalmente. La forma de
vestir, de comportarse, de usar o abusar de las cosas, de hablar, etc. Es parte
de nuestro ejemplo de vida y, consiguientemente, de nuestra acción educativa.
Para los jóvenes, a quienes falta aún una madura valoración de valores más
profundos, son un elemento de juicio sobre el jesuita y la Compañía. Pensemos
en nuestra responsabilidad en este punto y en su relación con el problema de
las vocaciones.
19. Parte del testimonio de vida lo damos con el testimonio
de trabajo. Sé que en nuestros colegios hay gente sobrecargada, y
que la reducción de personal jesuítico hace que algunos tomen sobre sus hombros
más carga de la conveniente. ¿No cede eso algunas veces en detrimento de la
excelencia de nuestra labor? ¿No conduce a una reducción de nuestra misión
inspiradora, a una merma del tiempo que deberíamos dedicar a pensar, a dirigir
en aquello en que somos más difícilmente sustituibles, porque nos abrumamos con
labores administrativas o gerenciales más fácilmente delegables?
Por otra parte, en todas las instituciones —grandes o
pequeñas— puede darse también el peligro contrario: el de crearse un status
intocable, con rendimiento de trabajo poco satisfactorio que apenas sufre
comparación con el de otros miembros de la comunidad educativa, con resistencia
a cualquier cambio de horarios, a una necesaria evaluación y a cualquier
demanda de colaboración —sacerdotal o de actividades paraescolares— que caigan
fuera de la actividad profesional. Es deber de los superiores impedir que las
instituciones sirvan de cobijo a gente subempleada, anquilosada, ‘instalada’.
Frecuentemente la mejor solución será la asignación de nueva ‘misión’ en la que
su celo sacerdotal y apostólico se sienta más estimulado. El impedir un
parasitismo larvado es especialmente importante en los centros de segunda
enseñanza, donde más aún que en la universidad, se forma el adolescente que es
especialmente sensible al testimonio. Esto, naturalmente, no tiene nada que ver
con la presencia en el colegio de padres y hermanos ancianos que, tras una vida
de intenso trabajo, aportan a la comunidad educativa el ejemplo de su bondad,
de su presencia, el sentido de tradición y de familia.
En la problemática de las relaciones comunidad / obra, la
separación de la residencia y del lugar de trabajo no es por sí misma una
solución necesaria ni suficiente, aunque a veces será un primer paso
imprescindible.
20. Los colaboradores seglares son un
elemento importantísimo de la comunidad educativa. También en esto la Compañía
ha dado un gran paso. Yo he indicado cómo en las Constituciones se admitía su
colaboración como un sustituto. Y se entrevé que su cometido no debía rebasar
los escalones de la docencia. Era un reflejo del tiempo, y, podemos decir, del
concepto que hasta muy recientes tiempos se ha tenido del papel del seglar en
la Iglesia. Después del Concilio Vaticano II la función del seglar se ha
revalorizado y se ha reconocido de manera explícita su misión en la Iglesia.
¿Por qué no en la Compañía? De manera que no es sólo la penuria de jesuitas lo
que ha determinado la afluencia de colaboradores seglares en nuestros colegios,
sino la profunda convicción de que con su inestimable ayuda podemos extender
insospechadamente nuestro apostolado. Antes era posible ver una comunidad de
medio centenar de jesuitas dedicados a la formación de apenas doscientos o
trescientos alumnos, posiblemente en régimen de internado. Digamos sin rodeos
que era desproporcionada tal atención. Y, si miramos las necesidades del mundo,
injusta y favoritista en cierta manera. Mantener tal relación jesuitas /
alumnos hoy sería eclesialmente escandaloso, y añorarlas sería una
equivocación.
21. Necesitamos ‘agentes multiplicadores’, y tales son
nuestros colaboradores seglares. Con una condición, naturalmente: que valoremos
en la práctica su capacidad de incorporarse a nuestra misión apostólica
educativa. Es decir, que no los veamos —ni de hecho sean— como menos
asalaria-dos para realizar una labor bajo la supervisión del patrono. Deben
estar retribuidos de modo que liberemos su actuación de toda tensión económica
y, en cuanto sea posible, en régimen de plena dedicación sin necesidad de
pluriempleo. Trabajar con el ánimo dividido supone, casi fatalmente, cierta
incapacidad para ser, además de profesor, auténticamente educador.
Pero no sólo eso. Lo que nosotros necesitamos
verdaderamente no son meros profesores, sino corresponsables colaboradores de
la plenitud de nuestra misión. Hemos de aceptarles así, y aprender también de
ellos, de su carisma de laicado asociado a su obra de Iglesia. Sólo así tiene
sentido su integración de la comunidad educativa y sólo así son agentes
multiplicadores. Pero esto implica dos cosas. Una: que asimilen los principios
ignacianos que animan nuestra misión. Otra: que tengan acceso a la plataforma
operativa —cargos de responsabilidad— desde la que poner al máximo rendimiento
su capacidad educativa.
Respecto a lo primero, es claro que lo mismo que nosotros
hemos necesitado una formación para asimilar y hacer operativa en nosotros la
intuición ignaciana, ellos, generalmente, deberán recibir de nosotros una
formación proporcionada y una atención constante también en este aspecto, con
el respeto debido a la propia personalidad. Aun cuando no sean cristianos —como
necesariamente deberá ocurrir en muchos países— podremos aprender de ellos y
hacerles proporcionalmente partícipes de los valores universales de nuestra
misión. Pero alguien definitivamente refractario a nuestra visión del hombre y
de los valores evangélicos, no sería apto para educador en un centro de segunda
enseñanza de la Compañía, por muy relevantes que fuesen sus cualidades
académicas y docentes. No se trata de formar mini-jesuitas, sino auténticos
laicos perfectamente sintonizados con el ideal ignaciano. Dar esa formación
cuesta tiempo y dinero. Pero es la inversión más rentable para el fin que se
pretende. Y no sería justo desatender la debida formación de nuestros
colaboradores, y esperar al mismo tiempo que participen de corazón en nuestra
misión.
Respecto a su integración en los cuadros directivos del
centro, lo que tengo en mente es más que la mera cogestión, que doy por
supuesta. Se trata de brindar a los colaboradores capaces, debidamente
preparados, con plena confianza, no sólo cometidos administrativos o
gerenciales, sino campos de auténtica responsabilidad educativa hasta sus
niveles más altos, incluso la dirección del centro cuando sea necesario o
conveniente, reteniendo nosotros nuestro papel esencial de animación e
inspiración al que antes he hecho referencia.
Para muchos centros esta participación de un laicado
competente será la única fórmula de supervivencia, si queremos que siga
haciéndose en él educación ignaciana, a pesar de la imposibilidad de destinar a
él tantos jesuitas como sería necesario. Pero para todos los colegios esa
colaboración de los seglares, a condición de que participen en nuestra misión
—y no sólo en la función de docente que, por lo demás, no es la más
importan-te— es indispensable en unos tiempos en que la iglesia y la Compañía
deben multiplicar su irradiación.
22. Las familias. Ya
sabemos que son los últimos responsables de la formación de sus hijos. Pero esa
es precisamente una razón más para que nosotros nos ocupemos también de las
familias, y vayamos a una en la educación. Sin contar que en no pocas ocasiones
hay matrimonios escasamente preparados para formar a sus hijos. Merecen todo
elogio los organizadores —asociaciones, revistas, cursillos— que promueven la
formación educadora de los padres de los alumnos y les preparan para colaborar
más eficazmente con el colegio. El colegio puede y debe hacer también de
catalizador para unir a padres e hijos. Uno de los males de nuestro tiempo es
precisamente la disolución de la familia, no solamente del matrimonio, sino de
los hijos respecto a los padres. El colegio es un magnífico lugar de encuentro
y de convergencia de intereses en el propio hijo. Es importante que las
familias tengan contacto con el Colegio y participen de su vida, y colaboren en
sus actividades culturales, sociales, paraescolares, etc.
23. Antiguos Alumnos.
Repetidas veces en los últimos tiempos he debido tratar este tema, y no quiero
repetirme ahora. Sólo reiteraré esto: son una gran responsabilidad de la
Compañía que no puede declinar su obligación de atender a su reeducación
permanente. Es una obra que, prácticamente, sólo la podemos hacer nosotros
porque se trata de remodelar lo que hemos hecho hace veinte o treinta años. El
hombre hoy tiene que ser distinto del que formamos entonces. Es una tarea
inmensa, superior a nuestras posibilidades, por lo que hemos de valernos de
seglares capaces de realizarla. Eso supone una primera etapa de formación de
tales seglares. Los Provinciales deberán proveer a ello destinando a las
Asociaciones de antiguos alumnos suficientes padres aptos y con tiempo
suficiente para atenderles. De no hacerlo así, las asociaciones languidecerán y
no se actualizará la reeducación de los antiguos alumnos.
24. Alumnos. Son el elemento central
y principal competente de la comunidad educativa. A él me he referido
extensamente en estas páginas y no voy a repetirme. Sí quiero, sin embargo,
añadir una cosa: ¡cuánto pueden educarnos a nosotros los alumnos! Tenemos que
estar en contacto con ellos y, al tratarles, aprender a ser pacientes viéndoles
impacientes, aprender a ser espirituales viéndoles moverse en un mundo
materializado, aprender a ser generosos viendo su capacidad de sacrificio,
aprender a ser hombres para los demás viendo cuánta es su generosidad si
sabemos estimularla con una adecuada motivación. A través de los jóvenes nos
ponemos en contacto con una civilización que nos está vedada, y en ellos vemos
la sociedad del mañana, nos asomamos al mundo futuro. Por eso es imposible
educar a un joven guardando excesivas distancias, estando habitualmente ausente
de sus campus, manteniéndonos en un aséptico aislamiento lleno de dignidad
académica, y, quizá, de complejo de inferioridad y timidez. No es así como
saldrán abundantes vocaciones, no como llegarán a conocer la belleza de nuestro
ignaciano ideal de vida al servicio de Cristo.
VI. EL COLEGIO: APERTURA E INTEGRACIÓN
25. Este es un punto en que las reuniones de estos días
habéis dejado muy claro. Los colegios de la Compañía no pueden ser, respecto a
la Provincia o la Iglesia local, un caso de ‘splendid isolation’. Puede
haber ocurrido en el pasado que algunos colegios, precisamente por la calidad
de su labor educativa y aún por su tamaño, se adelantasen a los tiempos y
fuesen pioneros en la ciudad o región, quedando un tanto aislados del resto.
Ese aislamiento, consciente o inconsciente, allí donde exista, tiene que
des-aparecer.
Aparte de que las cosas han cambiado mucho en poco tiempo,
somos Iglesia Católica, somos Compañía de Jesús. Los colegios de la Compañía
deben formar frente unido con las demás instituciones docentes de la Iglesia, y
participar en las organizaciones que les agrupan a todo nivel: profesional,
sindical, apostólico. Esto es especialmente importante en los países en que la
libertad de enseñanza, la igualdad de oportunidades, de financiación y otros
temas semejantes, son tema de confrontación de ideologías contrapuestas.
Pero la razón principal para la apertura de nuestros
colegios y mantenerse en contacto con los de los demás, es otra: la necesidad
de aprender y la obligación de compartir. Las ventajas de los intercambios y
colaboración de todo tipo son inmensas. Sería fatuo presumir que no tenemos
nada que aprender. Sería irresponsable planificar por nuestra exclusiva cuenta
sin tener en cuenta la necesidad de acoplamiento con otros colegios de
religiosos y aun seglares. Por ejemplo en materia de especialidades opcionales
y profesores especializados, niveles de enseñanza, cursos intercolegiales de
preparación de profesorado o de formación para padres de alumnos, etc. Esta
articulación de nuestra labor con las instituciones educativas homólogas en un
marco eclesial local, regional y nacional potenciará nuestra efectividad
apostólica y nuestro sentido eclesial.
En otra dirección, los colegios deben articularse
racionalmente en el conjunto del plan apostólico de la Provincia, y mantenerse
en fructuosa relación con las obras apostólicas de tipo diferente. Dentro de la
indivisible unidad de ‘misión’ de la Provincia, los colegios son sólo una
parte. Debe estar armónicamente conjuntada con las otras. Y no me refiero tan
sólo a unas relaciones de cordial interés por cuanto en otras partes se hace y
excelentes relaciones fraternas. Apunto a algo más tangible: colaboración
concreta. Los aspectos pastorales de la educación ofrecen a los colegios la
oportunidad de un intercambio de ayuda con las residencias beneficioso para
todos. Tal es el caso, por ejemplo, de la pastoral juvenil en actividades
paraescolares, la colaboración en la atención espiritual, ejercicios,
movimientos cristianos, etc. a favor del colegio; y la ayuda ministerial que
los miembros del colegio pueden prestar en los momentos de más sobre-carga de
las parroquias y residencias. Y cuando las distancias y el tiempo lo permitan,
en esa fraterna colaboración deben participar también nuestros escolares y
jóvenes sacerdotes que aún siguen sus estudios. Esto les inserta en las
actividades apostólicas de la propia Provincia y les hace conocer un rico
abanico de opciones y pone de manifiesto sus cualidades e inclinaciones, cosas
todas importantes a la hora de darles una misión definitiva.
Esta apertura beneficia tanto a las comunidades
jesuíticas de los colegios, como a los alumnos. A los nuestros les mantendrá en
sintonía con las actividades y necesidades de la Iglesia y la Compañía en otros
campos, y esto es una preparación sicológica preciosa en el momento en que, por
las razones que sea, se imponga un cambio de actividad para algunos de los NN.
No será salir a un mundo desconocido. Un mínimo de actividad sacerdotal además
de la primaria función educativa, es una forma privilegiada de apertura, en el
ámbito personal, como antes he indicado. Los alumnos, por su parte, con estos
contactos y apertura del colegio dilatarán sus horizontes y desde su juventud
se habituarán a la dimensión eclesial y social. No sé si cierta aversión al
compromiso social y cristiano que puede observarse en algunos de nuestros
antiguos alumnos, no se deberá, en parte al menos, al colegio-invernadero del
pasado en algunas partes.
26. La apertura y contactos institucionales han de
completarse con la irradiación apostólica. Todo centro de la
Compañía es una plataforma apostólica. La parroquia o el hospital o la cárcel,
o la emisora, o el centro social y asistencial que está cerca, el barrio,
etc... son otros tantos puntos en que los NN. y los alumnos dirigidos por
nosotros, deben desarrollar algún tipo de apostolado. ¿No lo necesitan ellos?
Pero lo necesitamos nosotros. Más aún: me atrevería a decir que si la
justificación para omitir toda irradiación sacerdotal o apostólica es el exceso
de ocupaciones y de fatiga que de ello se siga habrá de discernir si no es
mejor pedir —o impedir suavemente— un reajuste cuantitativo de nuestras
ocupaciones laborales (aun a costa de contratar el personal necesario), que nos
permita el salto cualitativo a una vida en que lo directamente sacerdotal y de
adiestramiento apostólico de nuestros alumnos esté presente.
¿No sería posible hacer algo más de lo que se hace, arrastrando a nuestra acción a padres de familia, antiguos alumnos, alumnos, gente buena en nuestro entorno, en áreas tales como: apertura de nuestras instalaciones, cesión para clases nocturnas, o de alfabetización, o de adiestramiento y perfeccionamiento profesional, actividades sociales, deportivas, artísticas o recreativas, actividades de comunidades de vecinos, proyectos de pro-moción humana, etc.? ¿No es hasta cierto punto escandaloso —y en términos
de sana inversión financiera injustificable— que a veces
las grandes instalaciones de nuestros centros no estén en rendimiento efectivo
más que 8 ó 10 horas al día durante los 200 escasos días del año académico, es
decir, un 20% del tiempo, cuando podrían ser tan útiles para tantas cosas y a
tanta gente? ¿No podría aplicarse aquí nuestra doctrina de la función social de
los bienes?
VII. DESTINATARIOS DE ESTAS PÁGINAS
27. Voy a concluir por donde quizás hubiera debido
comenzar: diciendo a quién van dirigidas estas páginas. Porque no sois
solamente vosotros — los 15 jesuitas que desde diversas partes de la Compañía
habéis venido a participar en este seminario— quienes tengo ante la vista. Con
vosotros he dialogado abundantemente estos días y conocéis mi pensamiento sobre
todos estos temas. Con vosotros he orado a quien es el único Maestro, la Luz,
la Verdad y la Vida. He oído vuestras experiencias, vuestras reflexiones,
vuestras preocupaciones y vuestras esperanzas. En vuestras notas, y en la
documentación que nacerá de vuestro trabajo de estos días, encontraréis, creo,
abundante materia de reflexión e inspiración para el futuro de vuestros
colegios. Por eso diría que paradójicamente, no sois vosotros los únicos
destinatarios de estas páginas ni, quizá, los más necesitados de ellas.
28. Pienso en primer lugar, en las comunidades de
jesuitas que trabajan en nuestros colegios y otras instituciones de segunda
enseñanza. Hombres, sacerdotes y hermanos, entregados a una labor con
frecuencia oscura, frecuentemente sobrecargados de trabajo, sometidos a un
horario y calendario riguroso, y cuya abnegación es a veces menos perceptible
que el hecho de actuar en un marco institucional de cierta engañosa apariencia.
Quiero confiarles una vez más la misión que han recibido. Quiero reiterarles la
altísima estima en que la Iglesia y la Compañía tienen su apostolado educativo.
Quiero animarles a perseverar animosos en sus puestos.
Y al mismo tiempo debo prevenirles del peligro de la
inercia. Es indispensable que adviertan el cambio que ya se ha operado en la
Iglesia y la Compañía y la necesidad de ponerse al paso. Si en algunas partes
nuestros colegios —al menos los que tienen la apariencia de grandes
instituciones— han sido obras apostólicas menos comprendidas por sectores
jesuíticos diferentes, hemos de confesar que el desapego de las generaciones
más jóvenes y dinámicas de la Compañía ha podido estar motivado en parte por su
falta de ajuste con una sociedad, una Iglesia y una Compañía con dinámica
nueva. Una comunidad que opina que su colegio no necesita el cambio, provoca a
plazo fijo la agonía del colegio. Es cuestión de una generación. Por doloroso
que sea, hay que podar el árbol para que recobre fuerza. La formación
permanente, la adaptación de las estructuras a las nuevas condiciones, son
indispensables.
29. En segundo lugar, me dirijo a nuestros jóvenes, y
quizá no tan jóvenes, cuya fogosidad apostólica les hace mirar nuestras
instituciones educativas —y quizás el mismo apostolado de la educación— con
desconfianza y desestima. Es precipitado identificar indiscriminadamente
nuestros colegios —aun los de gran apariencia— como centros de poder y signo de
desatención por los pobres, contra las exigencias de nuestra opción
fundamental. Y, frecuentemente, se ignora la capacidad de sacrificio que
requiere el vivir y trabajar en ellos. Sé que no siempre es así, y no ceso de
estimular a la austeridad personal y comunitaria, de la misma manera que en
otros apostolados tengo que insistir en otros aspectos —a veces más
importantes— sin que por ello hayan de ser condenados. Pero el apostolado de la
educación es para la Iglesia de una importancia absolutamente vital. Tan vital,
que la prohibición de educar es lo primero —y a veces lo único y suficiente—
que ciertos regímenes políticos imponen a la Iglesia para asegurar la
descristianización de una nación en el término de dos generaciones sin
derramamiento de sangre.
Educar es necesario. Y esto no puede hacerse a cierta
escala y con la excelencia a que antes me refería sin cierto tipo de instituciones.
Ya me he referido al comienzo de estas páginas a las diversas posibilidades.
También he aludido al hecho de que debemos educar a todos. Y en el cuerpo
social no podemos limitarnos a educar las manos y los brazos, sino también la
cabeza. El formar las clases dirigentes del futuro es importante. Los criterios
ignacianos están de acuerdo con ello. Por eso, y precisamente para promover la
necesaria renovación con un aporte de sangre joven, exhorto a nuestros
escolares a considerar con realismo el valor apostólico de nuestras obras
educativas y a ofrecer o aceptar gustosos el dedicarse a él con la actitud
evangélica y sacerdotal que queda descrita. No caigamos en la injusticia de
reprochar inmovilismo a nuestros centros educativos y, simultáneamente, negarles
los medios para ponerse en marcha. La solución es tanto ‘ab intus’,
esforzándose por renovarse los que están allí, como ‘ad extra’,
renovando los equipos con fuerzas nuevas.
30. Y, por último, pienso en los Superiores,
Provinciales, Viceprovinciales del sector, Comisión de ministerios y redactores
de los planes apostólicos de la Provincia. Vean hasta qué punto el número de
centros educativos que tienen en marcha está justificado por una necesidad
apostólica real, y si de hecho con su labor responden a esa necesidad. Vean
cuáles y dónde deben abrirse otros nuevos y con qué características. Procuren
la perfecta coordinación del apostolado educativo con los restantes apostolados
de la Provincia y su articulación con las disponibilidades de las iglesias locales.
Animen a los rectores a la necesaria renovación como condición de
supervivencia. Sosténganle en sus esfuerzos por renovar la capacidad
profesional y evangelizadora de los miembros de la comunidad educativa,
especialmente de los NN. Renueven sus cuadros, en cuanto lo permitan sus
disponibilidades, tanto por el envío de jóvenes animosos como por el des-tino a
otros sectores más adecuados a quienes en los colegios han perdido capacidad
educativa y evangelizadora.
31. Sugiero, en concreto, la necesidad de preparar a
jóvenes jesuitas para el apostolado educativo. La reducción del juniorado y del
magisterio en bastantes Provincias ha tenido, entre otras consecuencias, una
menor formación humanista y disminución de la preparación remota para el
apostolado educativo. La Provincia debe tener un número de expertos en
Pedagogía (con los correspondientes títulos académicos) proporcionado a su
número de centros. Por último, aplaudo los esfuerzos que se hacen en el ámbito
regional o nacional para promover la formación continua de nuestro personal,
jesuita y seglar, frecuentemente junto a otros religiosos y no religiosos.
32. Sé que, a pesar de la extensión de este escrito,
quedan muchas cosas por decir, y que de cada una de las cosas que he escrito
existen verdaderas bibliotecas. No era mi ánimo decirlo todo, sino recoger
algunas de las cosas que considero urgentes e importantes y que vosotros mismos
me habéis sugerido. Os ruego seáis en vuestras Provincias portavoces de mis
cordiales palabras de aliento y de mi constante solicitud por vuestros hombres
y vuestras obras en el campo de la educación. Sigue siendo verdad aquella frase
de uno de los más célebres educadores que haya producido la Compañía:
“Puerilis institutio est renovatio mundi”, la formación de la
juventud trasforma el mundo 1
1 Juan de Bonifacio (1538-1606).
Cfr. Mon. Paed. 111, 402, nota 15.