EXCELENCIA ACADÉMICA EN EL ÁMBITO

DE LA EXCELENCIA HUMANA

Peter-Häns Kolvenbach, S.J.

Alocución ante la Asociación de Antiguos Alumnos de la Compañía de Jesús - ASIA y la Unión Javeriana, Cali, 2 de marzo de 1990.

INTRODUCCIÓN

Reunidos en este día, en un contexto de comunión de afectos e ideales, me complace mucho presentarles a todos ustedes mi saludo personal y el de toda la Compañía que los sigue con interés por los caminos del mundo. Son ustedes las ASIA de los ocho colegios de la Compañía en Colombia y la Unión Javeriana, como Federación de Asociaciones de Profesionales Javerianos.

En una época cambiante como la nuestra, donde diariamente hay que estar atentos a la realidad, para auscultar, discernir, optar, calibrar, ajustar, poner al día, y un etcétera interminable de acciones por realizar, este tipo de encuentros revisten gran importancia. La vida nos conduce por diversos rumbos y casi experimentamos la angustia de sentirnos solos en nuestro campo de trabajo, como a la intemperie, sin una ayuda conocida. Los comunes vínculos de egresados de un Colegio o Universidad jesuita, nos marca con una impronta que nos distingue y nos lanza a dar una mano fraternal a quien ayer era compañero de clase.

1. CONGRESO DE EXALUMNOS

Contextualmente se inscriben aquí estas reuniones reducidas y aquellas otras —macroencuentros— de los congresos mundiales o zonales de Antiguos Alumnos de Colegios o Universidades de la Compañía. De estos, ahora quisiera tener presentes dos: el europeo de Valencia (España) en 1973 con la participación del P. Arrupe, y el mundial de Versalles (Francia) en 1986.

Porque en el primero, se acuñó la frase “hombres para los demás”, justificada, analizada y desentrañada por el mismo P. Arrupe, en el sentido de que este es el tipo de hombre en que hemos de convertirnos, el hombre nuevo, llevado por el Espíritu, exigido por el servicio al y ideal de justicia evangélica. Un hombre que, al acumular “teneres”, “poderes” y “saberes” de este mundo, los hace servir a la humanidad, sin centrarlos sobre sí mismos.

Y en el segundo, tratamos primeramente de tranquilizar a los antiguos alumnos acerca de la identidad de la Compañía. A pesar del cambio operado en el mundo, en la Iglesia y en la Compañía, somos los mismos. Los que ustedes conocieron a su paso por el Colegio o la Universidad. Que queremos seguir nuestro servicio eclesial según los deseos expresados del Romano Pontífice. Que permaneciendo fieles a la inspiración de San Ignacio, al carisma ignaciano, mantenemos lo de siempre, pero en una relectura nueva. Y en una reformulación nueva también de nuestra respuesta de siempre. Si hoy hablamos de servicio a la fe y promoción de la justicia en nombre del Evangelio u opción preferencial por los pobres, no estamos diciendo nada nuevo. Quiero repetirlo nuevamente aquí: “Tengo por cierto que en los cuatro siglos de su historia, las Instituciones de la Compañía no se han fijado otra meta que la de penetrar profundamente en la Ciudad del Hombre, para hacerla más justa, incluso cuan-do, en situaciones sumamente complejas, un deslizamiento hacia la política parecía inevitable”.

Igualmente, tendríamos que decir que somos los mismos, empeñados en formar a cada uno de nuestros alumnos en los valores evangélicos. Tratando de equipar a cada uno de ellos con un buen bagaje para la vida, en forma que no necesite de nosotros. Teniéndonos siempre a su disposición, para secundar sus iniciativas en campos que no nos tocan directamente.

En este clima de confianza y sinceridad que nos cobija, creía oportuno refrescar la memoria de estas cosas, por juzgarlas situadas en la línea de la credibilidad.

2. POR QUÉ DEL APOSTOLADO EDUCATIVO EN LA COMPAÑÍA

A todo lo largo de su trato con sus maestros jesuitas durante la vida, se habrán hecho la pregunta de por qué la Compañía tomó la opción de empeñarse en la tarea educativa.

En realidad, aunque San Ignacio y sus compañeros, con los que fundó después la Compañía, conocían perfectamente la vida universitaria y eran todos graduados de la Universidad de París, no fundaron una Orden dedicada, puntual y exclusivamente, a la educación de la juventud. Sino un Instituto religioso con unas perspectivas muy amplias y flexibles: “la mayor gloria de Dios”, “el provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana”, “la propagación de la fe” por estos medios: lecciones públicas, el servicio de la palabra de Dios, los Ejercicios Espirituales y obras de caridad, muy en concreto la instrucción de los niños e ignorantes, y por último, la espiritual consolación de los fieles oyendo sus confesiones. (Cf. Fórmula del Instituto aprobada por Paulo III).

Es apenas lógico que en una concepción semejante de vida apostólica, pueda ir madurando con el correr del tiempo la idea de la educación institucionalizada de la juventud, en un hombre como Ignacio que al tener la doble experiencia de la bondad de una seria formación universitaria y de los efectos catastróficos de la falta de educación, tanto en el clero como en los seglares, va optando por esta forma de apostolado. Al hacerlo, no tiene él la conciencia de estar traicionando el ideal primigenio. Estas concreciones puntuales marcan solamente una evolución y desarrollo ulterior del carisma originario.

Sin entrar a una historia detallada de los Colegios en la Compañía, se puede ver cómo del éxito reportado por Francisco Javier desde Goa, India, en 1542 por el trabajo de los jesuitas que enseñaban como profesores en un Colegio, el de San Pablo, se pasó entonces a la creación de Colegios para los jóvenes que deseaban entrar a la Compañía, luego a la admisión también de jóvenes seglares que compartieran las clases con estos candidatos jesuitas, y por fin a la creación ya de instituciones primariamente dedicadas a los seglares, que sería lo que nosotros llamamos hoy Colegios de la Compañía.

El éxito de los “Colegios” fue grande, como medio de formación integral humano-espiritual y también como instrumento eficaz para la defensa de la fe en los tiempos de la reforma protestante. Ignacio al morir en 1556 dejaba 40 colegios cuya fundación había aprobado él mismo personalmente.

Así, encontramos una constante muy curiosa en la vida de este hombre, que nunca llegó a ser aquello para lo que parecía destinado: soldado, militar, al servicio del Rey de España. O aquello que experimentó en la irrupción mística de Manresa, de vivir y trabajar para siempre en la tierra de Jesús. Jerusalén, lo limitado, se le cambió por Roma, la universalidad. Y, en cambio, sí llegó a ser aquello en lo que nunca había soñado. El no tenía nada en contra de la vida sacerdotal y monástica como tales. Pero no las que él encontraba en el ámbito eclesial de entonces. Podríamos interpretar su pensamiento diciendo: Sacerdocio sí, pero no así. Vida religiosa sí, pero no así. Y terminó ordenándose sacerdote en Venecia y fundando una Orden Religiosa en Roma. Es inobjetable el testimonio de Nadal, uno de los primeros entrados en la Compañía después de fundada y que conoció muy bien al fundador. Dice que éste en París no pensaba en fundar una orden religiosa. Pero que, sin embargo, sin adelantarse al Espíritu sino siguiéndolo como guía, se dejaba conducir hacia lo desconocido, ya que no pensaba por entonces en la fundación de una nueva Orden. Con todo, hacia este fin iba poco a poco preparando el camino y lo iba ya recorriendo, con una imprudencia sapiencial (quasi sapienter imprudens), en la sencillez de su corazón en Cristo. (Cf. FN II, 252, n. 17. Secundus dialogus).

En forma análoga, guardadas las proporciones, podríamos decir que procedió Ignacio a la aceptación de los Colegios en la Compañía. Con una docilidad que no se adelanta al Espíritu, se va dejando llevar a donde lo guía, dentro de la lógica interna evolutiva del carisma inspirado al principio. Aquí no funcionaban propiamente iluminaciones de una visión determinada. El momento “visionario” fue antes. En él concibió el esquema arquitectónico de la Compañía con gran flexibilidad de movimiento “en forma que pueda acometer empresas de más importancia general”. No pretendía Ignacio duplicar la Universidad de París ni los colegios de Vittorino da Feltre. Lo guiaba únicamente la idea del apostolado a través de la educación. Saltar por encima de la sola excelencia académica, que tiene su importancia, aceptando el desafío mayor de provocar una conversión radical, un cambio del corazón, por el que una persona se da la vuelta desde sus intereses egoístas, a una generosidad ilimitada en la entrega al servicio de Cristo y de la implantación de su Reino. Ignacio pretendía de veras educar, formar hombres para los demás, líderes comprometidos seriamente con los valores del Evangelio. Esta meta esencial sigue siendo la razón suprema del compromiso masivo de la Compañía en el ministerio de la enseñanza.

De ese modo, la idea matriz de la forma concreta de apostolado a través de la educación en Colegios y Universidades, tuvo una lenta incubación hasta madurar y convertírsele al mismo Ignacio en un axioma indiscutible. En el año de su muerte escribe a Felipe II: “Todo el bien de la Cristiandad y de todo el mundo, depende de la buena educación de la juventud”.

3. COLEGIOS PARA TODOS Y GRATUITOS

La intuición ignaciana iba por la educación de toda la persona humana, en un bien entendido “humanismo cristiano”, ciertamente con contenidos académicos excelentes, —porque el punto de partida era una mente bien equipada—pero además, y sobre todo, con hombres integrados en sí mismos y en la comunidad humana, venidos de todos los estratos de la sociedad, sin acepción de personas, pero con la preferencia eclesial de hoy: el pobre. Eso querían ser los colegios aceptados por Ignacio. Colegios gratuitos por “fundados”, o sea, que contaran con un capital proporcionado tal, que con sus frutos se sustentasen directivos y profesores, pudiéndose dar la enseñanza a todos totalmente gratuita. “Todos los colegios de la antigua Compañía, siglo XVI al XVIII inclusive, eran internados gratuitos”. (Los colegios en la Compañía de Jesús. L. Fernández S.I. En Información S.I., mayo-junio 1987, p. 92).

Este orden de ideas nos lleva a consideraciones muy importantes en lo ordinario de nuestras vidas como educadores jesuitas o como exalumnos de ellos. La terminología nueva usada en la Compañía por su máxima autoridad dentro de la Orden, que es la Congregación General, para reformular la misión hoy, es: el servicio de la fe y la promoción de la justicia, una misión honda-mente vinculada con nuestro amor preferencial a los pobres y en solidaridad con ellos. No se trata de una opción exclusiva ni excluyente. No se nos pide que eduquemos únicamente a los pobres económicos, o sea, a los que carecen de medios. La opción abarca y exige mucho más. Porque exige de nosotros que eduquemos a todos, ricos, clase media y pobres, como hemos visto quería S. Ignacio, pero desde una perspectiva de justicia. Deberíamos exigir a todos nuestros alumnos que usaran la opción por los pobres como un criterio, de manera que nunca tomaran una decisión importante en su vida sin pensar antes lo que ella puede afectar a los que ocupan el último lugar en la sociedad.

Esto comporta serias implicaciones en los planes de estudio formales e informales, en el desarrollo del sentido crítico, los valores, los estudios interdisciplinarios, y después afecta a todos, aun al mismo ambiente de la planta física, al servicio, a la experiencia del trato de unos con otros, a toda la comunidad educativa.

4. CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO EDUCATIVO

A esta altura de nuestro discurso, probablemente brota espontánea la pregunta de cuál es la situación actual oficial en la Compañía con respecto al apostolado de la educación.

En diciembre de 1986 presenté a toda la Compañía un documento llamado Características de la Educación de la Compañía de Jesús, fruto del trabajo de una Comisión Internacional para el Apostolado de la Educación, que elaboró el documento cuidadosamente durante cuatro años. En un paralelismo total con la experiencia espiritual de Ignacio, personal, intransferible, profundísima, y su reflejo en los Ejercicios Espirituales, fuente de la Espiritualidad de la Compañía, se van consignando las notas características de la educación jesuítica. Les recomendaría a Ustedes su lectura y estudio, porque descubrirían que, a pesar de las dificultades en admitir el apostolado educativo en el seno de la Orden, no fue necesario un montaje especial teórico-práctico, aparte de la vida que llevaban los jesuitas, sino que sencillamente fue el sacar las consecuencias de su propia vida interior, modelada según los Ejercicios.

Hay allí una visión optimista del mundo, pues de la Encarnación, toda la creación está tocada en su misma raíz, sembrando gracia en todas las situaciones, cosas y personas.

Según las Características, todos, Jesuitas y seglares, Profesores o Administradores, en los centros de la Compañía, son más que simples guías académicos. Se esfuerzan por llegar a la persona, para sacar de cada uno un armónico desarrollo intelectual, afectivo, moral y espiritual, ayudando a cada uno a descubrir su propio valor y a llegar a ser una persona responsable dentro de la comunidad. Tienden a equipar a los alumnos con un conjunto de valores evangélicos que los lleven más allá de sí mismos, haciéndolos sensibles a las necesidades de los demás, lanzándolos a ser los hombres-para-los-demás, puestos al servicio de los otros, prioritariamente los más necesitados, siendo capaces de sacrificar sus propios intereses por la promoción de la justicia. Cultivan la excelencia académica, pero dentro del ámbito de la excelencia humana, en donde se inscribe lo anterior.

Además, la Educación acontece en el contexto moral, donde el conocimiento va unido a la virtud. Formación de la voluntad, que incluye formación en valores, actitudes, capacidad, para evaluar criterios, a fin de lograr un sano ejercicio de la libertad.

La Educación de la Compañía estimulando un conocimiento, amor y aceptación de uno mismo y un conocimiento realista del mundo en que vivimos, propone a Cristo como el modelo de la vida humana. Cristo, su persona, su obra, su misión, su enseñanza, sus valores, sus criterios. Celebra después esa fe en Cristo en la Eucaristía y la oración personal y comunitaria, llevándola luego a sus consecuencias en el compromiso con el hombre. Una fe operante por el amor. En el proceso identificativo con Cristo, se contempla una fe que realiza la justicia a imitación de Cristo, pero informada por la caridad. Según el P. Arrupe: “es de la caridad de donde reciben sus fuerzas la propia fe y el anhelo de justicia. La justicia no logra su plenitud interior sino en la caridad... La justicia sin caridad no es evangélica”.

Por último, en esta selección de unas cuantas entre las Características de la Educación Jesuítica, tendríamos que contemplar el aspecto de totalidad, de globalización. Formar alumnos, profesionales, que sepan dialogar desde su campo particular con las demás disciplinas del saber. Porque hoy somos tremendamente conscientes de que una sola disciplina académica es incapaz de dar solución adecuada a los innumerables problemas que tenemos planteados, como por ejemplo, acerca de la investigación genética, las definiciones sobre la vida humana —su comienzo y su fin—, la vivienda, la planeación urbanística, la pobreza, el analfabetismo, los avances en la medicina y la tecnología militar, los derechos humanos, el ambiente, la ecología... Todo esto clama por un acercamiento interdisciplinar, haciendo converger perspectivas sociológicas, psicológicas, éticas, filosóficas y teológicas, si es que se quieren soluciones de veras efectivas. Y la capacidad de control del hombre en tantos campos científico/técnicos, están continuamente proponiendo a nosotros y a nuestros alumnos, problemas morales del más alto nivel. De no resolverlos bien, estaremos siempre de regreso a la ley de la selva y poniendo un signo negativo al progreso.

En pocas palabras diríamos que la educación jesuítica tiende a la formación de la persona humana lo más cabal y completa posible, que sea competente intelectualmente, abierta al crecimiento, religiosa, amante de los demás, y comprometida en la realización de la justicia, generadora de la paz, en un generoso servicio al pueblo de Dios.

CONCLUSIÓN

Tarea ambiciosa ciertamente, dadas las fuerzas masivas operantes en el mundo, que nos empujan más a la satisfacción inmediata que al sacrificio; al egoísmo que al altruismo a la acumulación ilimitada de riqueza y de poder, que al compartir los dones dados por Dios; al materialismo más bien que a los bienes trascendentes. Ante semejantes modelos de comportamiento, forjados sistemáticamente por los medios de comunicación social, ¿cómo se puede esperar tener éxito en la formación de hombres y mujeres para los demás según los valores del Evangelio en los Colegios y Universidades de la Compañía?

Estamos seguros que las Asociaciones de Antiguos Alumnos como las aquí presentes, de los ocho colegios de la Compañía, y la Unión Javeriana, como Federación de Asociaciones de Profesionales Javerianos, representan una fuerza enorme para la trasformación de la sociedad colombiana, a condición de que, se lleven a la práctica los grandes ideales aprendidos, bien en la formación básica del Colegio o la Universidad, bien en la formación permanente. A ello debiera impulsarlos siempre el carácter de exalumno de las instituciones jesuíticas por un lado y, por otro, el carácter de laico en la Iglesia, obligado, en fuerza de su bautismo, a ser sal y luz de la tierra.

A nosotros nos encontrarán siempre listos a prestarles nuestro apoyo de consejo e inspiración, de animación en lo específico de la Compañía, de apoyo a sus iniciativas, de aglutinamiento fecundo en la amistad y afecto entre ustedes, queridos Exalumnos, a fin de que en unión de mentes y voluntades, logren realizar cabalmente su vida humana personal y sus ideales cristianos en la construcción de un mundo más humano y más divino. ¡Muchas gracias!