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Historia de un Peregrino de por Vida

Padre Felipe Espinosa Torres, S.J.
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En 1491, en la casa señorial de Loyola, en el país vasco, nació Ignacio. Junto con cinco hermanas y siete hermanos, creció en el seno de una familia católica, de espíritu combativo y de gran fidelidad a los reyes católicos, Fernando e Isabel.

El cardenal Cisneros se esforzaba por dar a España una estructura interna que la convirtiera en la gran potencia europea. En 1492 había caído el último baluarte de los moros, la ciudad de Granada. Ese mismo año Colón llegó a América. Era una época de cambios, descubrimientos e invenciones. La Edad Media estaba tocando su fin.

Creció en un ambiente cortesano donde recibió la educación acorde con sus pretensiones. Era mundano y galante. Con frecuencia se veía metido en duelos de honor, enredos de faldas y riñas de compañeros. Sentía mucho interés por la carrera militar.

En 1521 participó en la defensa de Pamplona contra el ejército francés. Cuando la batalla se daba por perdida, Ignacio se opuso a la idea de rendirse y de entregar la ciudad. Se convirtió en el alma de la resistencia. El 20 de mayo de 1521 una bala de cañón le destrozó la pierna derecha, por debajo de la rodilla, y le hirió la otra. Al caer Ignacio, los defensores de la ciudadela de Pamplona se rindieron. Dos semanas después lo trasladaron a su casa de Loyola con una penosa caminata de 14 días a través de las montañas.

Convaleciente en Loyola constató que los huesos de la pierna derecha no soldaban correctamente: la pierna estaba quedando más corta y deforme. Decidió que se procediera a una nueva operación a pesar de los terribles dolores que iba a causarle. Estuvo a punto de morir, pero lentamente fue mejorando. Los días se le hacían interminables. Pidió lecturas para matar el tiempo. Quería libros de caballería, que estaban de moda, pero no había. Se vio obligado a leer una vida de Cristo y de los santos.

Dos Conversiones

El contacto con estos libros fue causa de grandes descubrimientos: cuando dedicaba tiempo a pensar en su vida pasada encontraba alegría, pero cuando desaparecían estos pensamientos se sentía descontento y desilusionado. Sus fantasías sobre hazañas militares y sus imaginadas aventuras lo dejaban seco y vacío por dentro. En cambio, cuando se imaginaba imitando a los santos se sentía satisfecho y optimista. Surgía así un elemento importante de la espiritualidad ignaciana: el discernimiento de espíritus. Descubrir y cumplir la voluntad de Dios se empezaba a convertir en su deseo más profundo. Le entusiasmaban las vidas de san Francisco y santo Domingo: “si ellos pudieron ¿por qué yo no?”.

Esta fue su primera conversión: la renuncia a todo. Hace penitencias y desea andar por el mundo como peregrino anónimo, pobre y despreciado. Jesucristo fue siempre el centro de su espiritualidad. A un año de la herida, se fue de peregrino solo y a pie.

Visitó el santuario de Aranzazú para dedicarse a la oración. Luego fue al monasterio de Monserrat donde cambió su traje de caballero por la ropa de un mendigo y donó al convento su mula. El puñal y la espada los depositó a los pies de la imagen de la Virgen. La víspera de la fiesta de la Anunciación pasó toda la noche ante la imagen velando armas, según la tradición de los caballeros andantes, como hizo don Quijote.

Siguió su itinerario rumbo a Manresa. Los primeros meses los pasó como mendigo desampara- do y objeto de burlas. Era como un loco ambulante. Pasó momentos de profundo abatimiento y desesperación. Sentía un gran hastío de su vida pasada. Llegó a tener la tentación de suicidarse. Pero, en contraste, también tenía momentos de gran alegría espiritual.

Su estilo de vida volvió a tener una transformación a raíz de la experiencia espiritual que tuvo a orillas del río Cardoner, muy cerca de Manresa. Fue una segunda conversión: la conversión al mundo. Descubre que el mundo no es malo; es obra de Dios, su creación. Capta con toda claridad que Dios está en el corazón de¡ hombre y en todas las cosas.

Así, el peregrino se siente llamado a colaborar en el mundo. Deja la penitencia, acorta la oración, y todo se transforma en apostolado. Los Ejercicios Espirituales reflejan lo que vivió Ignacio en Manresa.

Peregrino a Jerusalén

Después de un año en Manresa, inició la soñada peregrinación a Tierra Santa. Pasó por Roma para pedir la bendición del Papa. Viajó a Venecia donde consiguió un pasaje gratuito en un navío mercante. Después de siete meses de haber salido de Manresa entró, con gran devoción, a Jerusalén. Se sentía feliz de ver y tocar los lugares donde había vivido su Señor y Salvador, pero veinte días después tuvo que abandonar Tierra Santa porque la autoridad eclesiástica no le renovó el permiso de permanecer.

A su regreso, Ignacio sentía gran deseo de ayudar espiritualmente a cuanta persona entraba en contacto con él. Cayó en la cuenta de que para ayudar mejor era necesario prepararse y estudiar. Por esta razón decidió ir a Barcelona. Allí comenzó el estudio del latín, que entonces se necesitaba para todo, y reunió a sus tres primeros compañeros.

Tiempos Malos

Después de aprender el latín, Ignacio estaba listo para estudiar filosofía. En 1526 se fue a la famosa Universidad de Alcalá con los compañeros. Vivían en los hospitales y se ocupaban de los pobres de la ciudad. Se vestían con una tela burda, de color gris. Enseñaban catecismo y daban Ejercicios Espirituales. La Inquisición sospechó de ellos; los catalogaba de alumbrados, una especie de secta formada por personas que se creían privilegiadas. Les prohibieron vestirse con esos uniformes que parecían hábito de religiosos.

A pesar de que se sometieron a todo lo que la autoridad eclesiástica les pedía, no cesaron las sospechas. Metieron a Ignacio a prisión, donde permaneció 42 días. Aunque no se les probó ninguna herejía en sus enseñanzas, les prohibieron que durante cuatro años hablaran de temas que se refirieran a la fe. Por eso en 1527 prefirieron trasladarse a la ciudad de Salamanca para seguir sus estudios. A los 12 días de haber llegado, encarcelan de nuevo a Ignacio. Esta vez fue por 22 días. Lo acusaron de herejía. Examinaron los apuntes de los Ejercicios Espirituales, y nadie encontró ninguna herejía, pero nuevamente le prohibieron el trabajo apostólico. Decidió dejar la ciudad, ya sin compañeros, porque para entonces el grupo se había dispersado.

Se dirigió a Barcelona donde esperaba que sus amigos lo ayudaran económicamente para continuar los estudios en París. Comenzó sus estudios en el colegio Montaigu en 1528, viviendo de las limosnas que le daban cada día; pero pronto cayó en la cuenta de que así no le quedaba tiempo para estudiar. Decidió pedir dinero entre semestre y semestre. De Barcelona le llegaban algunas buenas limosnas que aseguraban su presupuesto y la ayuda a otros estudiantes. Insistió en la formación del grupo. Tres estudiantes dieron sus bienes a los pobres y vivían con él en el hospicio de Santiago. Pero los problemas con la comunidad española de París hicieron fracasar la incipiente comunidad.

En 1529 comenzó los estudios de filosofía que se prolongaron tres años y medio. Entonces conoció a Pedro Fabro y a Francisco Javier, los compañeros con quienes fundarla la Compañía de Jesús.

El Fundador

En París, obtiene el título de licenciado en filosofía, y lo empiezan a llamar el Maestro Ignacio. Los dos últimos años de París estudió teología en el convento de los dominicos de Saint-Jacques.

Ignacio había conseguido nuevos amigos que deseaban seguir una vida apostólica y conforme al Evangelio. El 15 de agosto de 1534, fiesta de la Anunciación, los siete amigos se reunieron en la capilla de Montmartre, cerca de París, donde hicieron promesa de pobreza, castidad y de peregrinara Tierra Santa. En caso de no poder realizar la peregrinación, decidieron que se pondrían a la disposición del Papa quien tendría mejor conocimiento de las necesidades de la Iglesia.

En 1535 Ignacio regresó a su tierra natal para atender su quebrantada salud y resarcir, con el testimonio de su vida y su trabajo apostólico, los malos ejemplos que dio en su juventud.

Después de unos meses partió para Venecia donde encontraría a los otros seis compañeros. Allí durante un año dio los Ejercicios Espirituales y estudió teología.

En enero de 1537 llegó el grupo con tres compañeros más. Los diez amigos en el Señor esperaban la salida a Tierra Santa, mientras atendían pobres y enfermos, y a los seis meses fueron ordenados sacerdotes. Debido a las tensiones con los turcos no pudo salir ninguna nave de peregrinos hacia Tierra Santa, así que durante la espera se dispersaron por las ciudades cercanas.

Como la peregrinación se volvió imposible los compañeros acordaron posponerla un año, y en caso de que tampoco pudiera realizarse, entraría en vigor la cláusula que se refería al Papa, contenida en los votos de Montmartre, por la que deberían someter su trabajo a los planes del Papa.

Estuvieron un tiempo en Vicenza dedicados a deliberar y hacer oración y les pareció que lo más prudente y acorde con la voluntad de Dios era dedicar los siguientes meses a servir a los demás en las grandes ciudades del norte de Italia.

En aquellos días que pasaron juntos en Vicenza pensaban ya en formar un grupo cuyo nombre les parecía que podía ser Compañía de Jesús; porque no reconocían más guía que a Jesucristo, a quien anhelaban servir, única y exclusivamente. Deseaban servir al prójimo y dedicarse por entero a ayudarle en todos sus problemas y necesidades, para que de ese modo se hiciera patente el amor de Dios a los hombres.

A Ver al Papa

Concluidas las deliberaciones, Ignacio, Fabro y Laínez se dirigieron a Roma. En el camino Ignacio sintió en su interior que Dios le decía: “Yo les será propicio en Roma”, y pidió a María que su Hijo le quisiera “tomar bajo su bandera”. Esta expresión significaba una total pertenencia a Cristo, una especie de alianza, un compromiso de luchar y trabajar por la causa de Jesús, es decir, el Reino de Dios y el bien de todos los hombres.

Cerca de Roma encuentran una pequeña capilla llamada La Storta. Allí entró Ignacio a orar y experimentó una gran devoción. Tuvo una visión en la que Dios Padre lo ponía en comunión con Cristo. Esta experiencia significó para Ignacio la confirmación del camino espiritual y apostólico que él y sus compañeros habían seguido.

De Roma Hacia Todo el Mundo

Desde que Ignacio llegó a Roma se dedicó a dar los Ejercicios Espirituales y junto con sus compañeros a predicar, oír confesiones y enseñar el catecismo. Los compañeros abandonaron los planes de peregrinar a Tierra Santa pues el plazo había vencido. Se pusieron a disposición del Papa.

El invierno de 1538 fue extraordinariamente duro y prolongado. Se llegaron a agotar las reservas de víveres y la ciudad comenzó a pasar hambre. Los pobres se morían de hambre y de frío. Ignacio y sus compañeros acogieron a cuantos cupieron en su casa. En otros barrios de la ciudad atendieron a unas tres mil personas.

Ese invierno, el día de Navidad, celebró Ignacio su primera misa, después de año y medio de haber sido ordenado sacerdote. Dadas las misiones que el Papa confiaba a los primeros compañeros, iniciaron un periodo de consulta y oraciones para dilucidar si habían de disolver su grupo o permanecer unidos y formar una orden religiosa. Prosiguieron sus deliberaciones hasta abril de 1539. A todos les pareció conveniente formar una Orden y hacer voto de obediencia a uno de ellos. También se decidió el nombre de la Orden. Pero antes de que propusieran los distintos nombres posibles, Ignacio pidió que se le llamara Compañía de Jesús. Con este título pretendía expresar que su comunidad debía progresar constantemente en el servicio de Cristo y en favor de la Iglesia.

El 3 de mayo de 1539 quedaron resumidas, en once capítulos, las demás conclusiones de sus deliberaciones. Entre otras cosas decidieron que los miembros de la Orden no debían vestir hábito alguno, ni asistir al coro, ni practicar determinados ejercicios de penitencia. Ignacio resumió el resultado de las deliberaciones en un escrito presentado al Papa Pablo III, quien lo aprobó verbalmente. Un año después, el 27 de septiembre de 1540, la Compañía quedó oficialmente fundada. El 2 de abril de 1541 Ignacio fue elegido Superior General.

Quedaba así estructurado la Compañía de Jesús. Ignacio dirigía la nueva Orden desde Roma. Gracias a la correspondencia, mantenía constante contacto con sus hermanos, que por entonces ya se hallaban esparcidos por todo el mundo. Francisco Javier, el gran apóstol del Oriente, ya estaba en camino hacia India y Japón.

A pesar de las innumerables tareas que acarreaba la dirección de la Orden, Ignacio siguió dando Ejercicios Espirituales, escribiendo cartas, enseñando el catecismo y predicando. Además fundó una serie de obras de caridad y asistencia social, como la casa de Santa Marta, para mujeres públicas que querían cambiar de vida, y otra junto a la Iglesia Catalina, para muchachas sin hogar en peligro de ser explotadas. Junto al Capitolio de Roma hizo construir una casa para moros y judíos que desearan convertirse a la fe cristiana.

Se ocupó también de pacificar ciudades y pueblos enemistados, y de reconciliar a muchas familias. El Papa y algunos cardenales pedían o escuchaban con estima sus consejos. En 1544 el Papa autorizó a la Orden a admitir hermanos no sacerdotes.

Durante los 16 años de gobierno de Ignacio de Loyola como General, la Compañía creció de los nueve primeros compañeros en 1540, a más de mil en 1556, repartidos en 13 provincias religiosas. Existían 110 obras, muchas de ellas eran colegios.

La rápida extensión y expansión de la Compañía fue motivo de preocupación para Ignacio pues no buscaba la cantidad sino la calidad, y desde un principio, fue muy estricto en admitir a los que creyó aptos para la tarea, y muy fácil en despedir a quienes no respondían a las exigencias del apostolado del momento. Esta actitud de trabajo, pedía que todos los jesuitas fueran contemplativos en la acción.

La innovación de Ignacio, el constante peregrino, que tanto sorprendió a sus coetáneos, hasta levantar en muchos indignación o rechazo, fue la de buscar el mayor servicio divino. Hace desaparecer el rezo del coro en común, evita el hábito y quiere buscar la mayor abnegación y mortificación en todas las cosas posibles.

Esto hace de los primeros compañeros, y de los que han de seguir, instrumentos aptos para muchos trabajos, con posibilidad de desplazamiento, diversidad de oficios y profesiones -jinetes con un pie en el estribo-, capaces de trabajar donde se les mande, siempre a las órdenes del Papa.


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