LOS JESUITAS Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN MEXICANA

 

 

Los festejos del bicentenario nos invitan a realizar un ejercicio de memoria. Será conveniente impulsar un examen de conciencia como nación, es decir, ¿por qué estamos donde estamos? Las fiestas tienen esa gran ventaja, son ese momento de excepción donde el tiempo se detiene y nos permiten mirar hacia atrás. En este momento podemos hacer un balance consciente de dos siglos como sociedad mexicana.

 

Es importante hacer una diferencia entre el pasado y la memoria. El pasado es recordar simplemente lo que sucedió en aquel tiempo, sin embargo, la memoria son los efectos que tiene un episodio en cada uno de nosotros. La memoria selecciona lo que conviene o resulta útil recordar.

 

Esto que hacen los sujetos también lo realizan las instituciones. El Estado mexicano ha estado fabricando la memoria nacional, y él ha escogido lo que le ha parecido más fundamental; escogió un fenómeno, un personaje y un momento. El fenómeno escogido ha sido el movimiento de la Independencia; el personaje es Hidalgo, y el momento es 1810. Es la memoria que el Estado ha recogido que vale la pena ser recordada. Tal vez sea el momento de desplazar esa memoria hacia otros acontecimientos. Existen diferentes maneras de recordar un mismo hecho; por ejemplo, la empresa recuerda el día en que la tienda se abrió y le dieron la licencia, pero la familia de esa misma empresa recuerda a la abuela que enseñó la receta original y por eso se tiene una tienda exitosa, como persona clave y quien tiene la autoridad. Muchas veces, los verdaderos héroes no son visibles o están en los sótanos. Quizás es momento de dejarnos de pensar como Estado y que nos pensemos como sociedad para ver ¿qué es lo fundamental? Visto desde el Estado lo fundamental es la independencia, visto desde la sociedad, es la construcción de la sociedad.

 

Las sociedades se construyen, no nacen; son un conjunto de seres humanos que se organizan y tienen vínculos entre ellos, vínculos de comunicación, de solidaridad y de respeto; son espacios donde los seres humanos se potencian a sí mismos y se convierten en capital humano. Mi invitación es que en ocasión de este aniversario de independencia política nos pensemos en términos de sociedad y el nivel de construcción que tenemos.

 

La Compañía de Jesús tuvo un lugar importante en la construcción de nuestra nación. Los jesuitas llegaron a México con una doble postura: ir por todo el mundo a evangelizar y ejercitar las obras de misericordia según las necesidades del lugar. Los jesuitas en la Nueva España se dirigieron a las regiones indígenas nómadas que no habían sido atendidas por las otras órdenes religiosas, a las zonas del noroeste del país que eran las más difíciles y en conflicto con los españoles. Por otro lado, atendían la necesidad urgente de la población novohispana, que era la demanda de la educación. Ellos se encargaron de crear un sistema educativo para todos los niveles sociales y en todo el virreinato. Y su tercer gran cometido fue estar presente en la formación espiritual de las diversas poblaciones del territorio. Esta triple presencia, misionera, educativa y espiritual, fue la marca de sus actividades en las diversas zonas que estuvieron. Desde aquí quisiera hablar de qué forma los jesuitas fueron construyendo una sociedad. Primero, contribuyeron a la construcción del territorio nacional; disponían de un elemento que no era frecuente en aquella época, pues era la única orden realmente trasnacional con una conciencia de la realidad geopolítica del mundo que no hemos vuelto a tener en nuestro país. Sabían cuáles eran los vectores de las potencias del mundo, qué intereses políticos tenían y qué movimientos estaban haciendo. Desde un principio fueron muy conscientes de que la Nueva España estaba amenazada por el norte, por las posibles incursiones de los rusos y de los británicos, que también tenían un interés muy grande en el control del Océano Pacífico. Ellos, muy activamente, propusieron que se enviaran misioneros al norte del país y fueron actores de la expansión territorial hacia aquella región, en lo que ahora es el sur de Estados Unidos. La apertura hacia los estados del norte y no centrarse en Mesoamérica fue uno de los aportes que dio la Compañía de Jesús a nuestro país. La presencia hispánica en esa zona se debe a ese mismo impulso. El segundo elemento es su labor educativa, creando con los hijos del país una dirigencia social posible, con niveles de formación muy elevados. En torno a la educación hubo un elemento muy importante: la construcción de redes sociales entre los diversos sectores. Las congregaciones marianas eran asociaciones de carácter colectivo que agrupaban personas según el modelo de la sociedad novohispana: indígenas, artesanos, esclavos, caballeros o españoles, y a cada uno de estos grupos le daban mecanismos para vincularse con otros. Otro aporte fue su posicionamiento en el terreno de la investigación científica y de la tecnología; tanto los misioneros como los profesores eran pioneros en trabajos de matemáticas, astronomía, cartografía, etnografía, lingüística y botánica.

 

Todos los misioneros enviaban informes continuos de los conocimientos que tenían sobre la realidad de los lugares donde estaban. También hicieron un aporte fundamental al desarrollo de la agricultura desde sus haciendas. Recordemos que quizá el legado más importante en los festejos de 1910 fue la fundación de la Universidad Nacional. La universidad ya existía en el siglo XVIII, era la cúspide de una pirámide alimentada por esta red de colegios de la Compañía de Jesús, dos de los cuales tenían la capacidad de otorgar títulos. La universidad no podía funcionar sin la red intermediaria de colegios que la alimentara, de manera que cuando desapareció la Compañía de Jesús, muy pronto murió; había quedado sólo la punta de la pirámide, no tenía de dónde sostenerse pues habían eliminado la treintena de colegios universitarios de la Compañía.

 

El tercer elemento es la creación de un sistema de comunicación a través del arte, que permitía fungir como espacio de contacto entre todas las poblaciones de la escala social y de todos los pueblos de la tierra. Quizás la aportación más importante por la que es recordada la Compañía de Jesús, desde la historia cultural, es la creación de un sistema estético en torno a la cultura y a la vida espiritual. Los indígenas y los europeos podían rezar ante la misma imagen. El haber creado un sistema estético capaz de permitir a los seres humanos de todas las latitudes de la tierra y de todas las clases sociales usar las mismas palabras para expresarse, fue el vínculo más extraordinario. Nunca en la historia de la humanidad había existido algo así, un lenguaje estético que fuera universal en términos geográficos y de clases sociales. La creación de este sistema de comunicación fue el aporte clave de los jesuitas; un espacio donde todos eran hijos de Dios. Los jesuitas fueron promotores de la devoción a la Virgen de Guadalupe, como una imagen en torno a la cual pudieron ir uniéndose las diversas poblaciones.

 

Este proceso fue interrumpido en el siglo XVIII por la corona española. En el contexto de la nueva política europea, el poder británico era patente para las coronas europeas, en particular para la de España, y se hizo muy notorio después de 1763, con la derrota de Francia en la guerra de los siete años. A todo mundo le quedaba muy claro que una de las razones por las cuales Inglaterra era la potencia dominante era el poder que el Estado tenía sobre la Iglesia, desde la época de Enrique VIII. De esta manera, los monarcas europeos intentaron lograr algo parecido. En la historia de occidente, las relaciones entre el Estado y la Iglesia habían sido felizmente intensas; había un triple polo de poder: la autonomía del sujeto, la libertad de la Iglesia y la libertad del Estado, que estaban siempre en competencia. Pero en el siglo XVIII las coronas portuguesa, francesa y española decidieron que tenían los medios para reducir el polo del poder de la Iglesia. Con este objetivo se lanzaron con una serie de procesos que implicaban, primero, la erradicación del sistema estético que había servido como lenguaje de comunicación común, es decir, el lenguaje barroco y el empeño por extirpar el uso de las lenguas indígenas; segundo, la erradicación de las fiestas populares, que era lo que vinculaba a las clases indígenas con las clases superiores, y tercero, la erradicación de la Compañía de Jesús, concebida como el órgano principal de defensa de la Santa Sede, y de ese orden social que no aceptaba la sumisión total de la sociedad al Estado, sino que pensaba que tendría que haber una zona de autonomía para el sujeto y para la iglesia.

 

¿Cuáles fueron los resultados de esa ofensiva para la Nueva España? En la madrugada del 25 de junio de 1767, a las ciudades donde había miembros de la Compañía de Jesús llegaron pliegos enviados desde España, con la orden de que no se abrieran hasta la madrugada de ese día en presencia de soldados y autoridades locales. En ellos venía una carta del rey de España en la que decía que se reuniera a los jesuitas y se les leyera la carta donde se daba la orden de abandonar inmediatamente sus territorios y dirigirse caminando hacia el puerto de Veracruz. El rey de España le hizo a la Compañía de Jesús un inmenso regalo, sin quererlo, porque no los acusó de nada. El Rey no se atrevió; en el edicto decía: “Estimulado de gravísimas causas y por otras razones urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo”. Sin ninguna acusación los jesuitas fueron expulsados de todas las casas. Esta declaración fue acompañada por otra del Virrey de la Nueva España, que decía: “Pues de una vez para que en lo venidero deben saber los súbditos del Rey de España que nacieron para obedecer y no para discurrir ni opinar sobre los asuntos de gobierno”. Estas terribles declaraciones fueron un gran golpe para nuestro país. Con la expulsión de los jesuitas destruyeron lo que habían construido por siglos: el sistema educativo fue desbaratado, las bibliotecas fueron saqueadas, las granjas de producción desaparecieron, las misiones y los indígenas fueron abandonados. Hubo grupos que se levantaron en armas, pero hay un dato muy importante de que no hubo un solo jesuita que ejerciera algún tipo de protesta violenta. Por el contrario, ellos frenaron los intentos de sublevación por parte de las poblaciones. Los padres salieron a pie, algunos tardaron años en llegar a las costas, los que venían desde Filipinas o Nuevo México. Las muertes por el camino fueron terribles. Los efectos para una sociedad que estaba construyéndose fueron muy graves. Además de desaparecer el sistema educativo desapareció también la posibilidad de contar con una clase dirigente consistente. Los únicos puentes que los criollos locales tenían con el mundo se rompieron; ellos perdieron la capacidad de saber qué pasaba en China o en Europa. La población empezó a sentir que el rey no era el padre al que todos se sentían referidos, sino que era un autócrata más.

 

Ese rompimiento del vínculo afectivo entre los súbditos y la corona fue el inicio de una ruptura. Lo que sucedió en 1821 fue el desenlace de un matrimonio. Si lo comparamos con una vida de pareja, 1821 fue el día en que reciben el acta de divorcio; 1810 es cuando la pareja acude al tribunal a presentar la demanda de divorcio, y 1767 es el momento en que la pareja se pierde el respeto. Este momento es cuando esa sociedad que estaba construyéndose empezó a desbaratarse. El Estado, al tratar de deshacerse del polo eclesiástico que le hacía contrapeso o balance, se quedó solo al frente de la sociedad, sin poder comunicarse, desvinculado de ella, sobre todo, de las comunidades indígenas. Y sólo bastó que Francia invadiera España, y que Napoleón tomara preso al rey y a su hijo, para que el sistema entero se desbaratara. Habiendo sido reducida la sociedad al Estado, no quedaba otra sociedad más que el Estado, y una vez que atraparon a su monarca todo se descompuso. Los movimientos de 1808 y 1810 fueron simplemente las reacciones de una sociedad que se quedaba sin autoridad y la gente trató de organizarse como pudo. Al desaparecer los vínculos orgánicos que unían a los pueblos entre sí con su reino, cada uno tuvo que hacerse cargo de sí mismo y sobrevivir como pudiera. Estos levantamientos se realizaron sin proyecto social y sin conciencia geopolítica.

 

Francisco Javier Clavijero escribe dos obras capitales: La historia antigua de México y La historia de la California. En La historia antigua de México hace la primera gran síntesis del pasado prehispánico en torno al pueblo azteca. En un debate con los grandes científicos europeos plasma la imagen de México que será canonizada en la cultura Europa a partir de entonces. Es una obra en defensa de las poblaciones indígenas, que en ese momento fueron acusadas por los científicos europeos de ser poblaciones de muy bajo nivel humano. En la introducción de este libro Clavijero dice: “Si para escribir esta disertación fuésemos movidos por alguna pasión o interés hubiéramos emprendido la defensa de los criollos, además de ser mucho más fácil debía interesarnos más. Nosotros nacimos de padres españoles y no tenemos ninguna afinidad o consanguinidad con los indios, ni podemos esperar de su miseria ninguna recompensa y así ningún otro motivo que el amor a la verdad y el celo por la humanidad nos hace abandonar la propia causa por defender la ajena”. Lo que hace Clavijero es construir la imagen prestigiosa del pasado indígena, reivindicar la solidez de las lenguas y culturas indígenas. Y en su segunda obra hace un recuento de la evangelización de la California. En ambas tenemos la síntesis del gran proyecto de nación, lo que será la matriz cultural con la que va a identificarse la patria nueva.

 

La cultura mexicana nació de un mestizaje cultural que consiste en fundar sobre dos pilares: el reconocimiento de la grandeza indígena y el de la herencia cristiana. Esta síntesis cultural es el aporte más importante de esta generación de jesuitas, y tomamos a Clavijero como el más representativo. Los novohispanos recibieron sus libros con mucho interés.

 

Estos jesuitas firmaron sus obras con el título de mexicanos. Hasta este momento, “mexicano” era el nombre que se daba al grupo de los aztecas, por eso, es una gran contribución de los jesuitas el empezar a utilizar el término mexicano como signo común de pertenencia en toda la población.

 

Que los criollos hayan podido asumir como propia la identidad de una etnia, como eran los mexicas, es un aporte extraordinario de los jesuitas expulsados de la construcción de la nación. Y esto es mucho más importante que la obtención de un tratado diplomático o un acuerdo político.

 

Una aportación fundamental de Clavijero es no separar a los indígenas vivos de los muertos. Los mexicanos del siglo XIX podían admirar a los toltecas o teotihuacanos, pero despreciaban a los indígenas vivos que se cruzaban por la calle. Los expulsos, al reivindicar la grandeza de las poblaciones extintas, colocaron en la misma bandeja a los indígenas vivos de su tiempo y señalaron la dolorosa condición en la que se encontraban por efecto de la miseria. Cuando los científicos mexicanos empezaron a recibir sus obras, el sentido de patriotismo comenzó a consolidarse.

 

Rotos los puentes entre las poblaciones, desarticulado el sistema de comunicación y desbaratado el sistema educativo, podemos pensar que en el momento en que el país accedió a la independencia ya no contaba con élites consolidadas. Las élites empresariales se habían vuelto extraordinariamente provincianas. Los jesuitas expulsados hablaban y escribían en las lenguas clásicas, lo cual les permitía un contacto con el pasado; también hablaban y escribían en las lenguas modernas. Clavijero y sus compañeros escribían normalmente en francés para practicar la lengua; escribieron en italiano sus obras para darlas a conocer al mundo. Además, todos ellos eran hablantes de lenguas indígenas. No hemos vuelto a tener unas élites así, que mantenían contacto con el pasado, con el presente y tenían arraigo popular. Esto muestra la inmensa tarea que nos queda para construir élites de este tamaño. Sólo sabiendo cómo está el mundo, sabiéndose comunicar con las bases y con el pasado de la sociedad, se pueden hacer proyectos políticos y de dirigencia. Ésta es una tarea pendiente.

 

Antes de la independencia estuvieron en Europa, al mismo tiempo, dos personajes: en Italia, Francisco Javier Clavijero, el más importante científico de la Nueva España expulsado, y en París, Benjamín Franklin, representante de Estados Unidos, como embajador ante las potencias europeas. ¿Cómo nació una nación? y ¿cómo nació otra?, ambas preguntas pueden ayudarnos a entender el destino de cada una de ellas. Benjamín Franklin estaba en Europa como representante de las élites de su país haciendo tratados. Estados Unidos nació haciendo tratados económicos y políticos; desde el siglo XVIII estaba pensando en la relación que iba a tener con Turquía, con Irán, con la banca holandesa y con el tipo de negocios que realizaría en Asia y África. Por otro lado, los expulsados no podían tener contacto con sus compatriotas, ni escribirles. Lo único que podían hacer era escribir para ellos un proyecto cultural. Estados Unidos nació con un capital económico y político, y México nació con un capital cultural, con un imaginario colectivo en torno al mestizaje. Mientras unos estaban en la miseria otros estaban como representantes de su país.

 

La manera como México enfrentó la guerra contra Estados Unidos o Francia evidencia la ausencia de un pensamiento geopolítico por 40 años. Otro aspecto que explica esto es la falta de la universidad, pues prácticamente durante todo el siglo XIX no hubo universidad en México porque se quedó sin base al desbaratar la red de colegios jesuitas. Los héroes cumplen una doble función, sirven para que todos los miembros de un grupo se cohesionen y para tener hombres ejemplares en una sociedad. Y un problema que tenemos en México es que muchos de los que reconocemos como héroes son poco encomiables o dignos de imitación. Hidalgo es un caso triste. Aldama, cuando es interrogado, describe lo que fue la arenga del movimiento de independencia: “Hijos míos, únanse conmigo, ayúdenme a defender a la patria, los gachupines quieren entregarla a los impíos franceses, se acabó la abolición, se acabaron los tributos, quien me siga a caballo le daré un peso y a los de a pie un tostón”. Ésta es la diferencia entre un personaje como Clavijero, un constructor, y otro personaje como Hidalgo, quien destruye un orden social.

 

Ambos son parte de nuestro linaje, pero hay abuelos más interesantes que otros y de alguna forma hoy celebramos el aniversario de uno, el más famoso, y es ocasión de que nos acordemos de los otros, mucho más constructivos.

 

Los expulsados fueron capaces de convertir todo su dolor en energía creativa en beneficio de las personas más débiles y terminaron dando al país mucho de lo poco que tenían. Éste es el tipo de héroes que necesitamos ahora; héroes que nos ayuden a integrar la fe y la ciencia. Hay abuelos que se la pasaron construyendo y hoy los queremos recordar.

 

* Resumen de la transcripción hecha por Jorge Atilano González Candia, del Instituto de Investigaciones de Artes de México, de la conferencia titulada “San Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús en su aporte a la cultura universal”, presentada por el doctor Alfonso Alfaro, en el Aula Magna del Centro Juvenil Vocacional, en la Ciudad de México, el 31 de julio de 2010.

 

• REGRESAR •

PROVINCIA MEXICANA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Calz. Mariano Matamoros 75, Del Carmen, 04100 Ciudad de México.